Vagina, ¿Mi Felicidad? Por Guadalupe Chavez (persona Intersexual)

Vagina, ¿Mi Felicidad?

Por Guadalupe Chavez

*Historia compartida por Guadalupe Chavez exclusivamente para Brújula Intersexual, si quieres publicarla en otro sitio por favor escribe a intersexualmexico@gmail.com para comunicarnos con la autora y proporcione su autorización.

Guadalupe

Imagen compartida por Guadalupe. Autora: AM

 ¿Qué es la felicidad? Para la Real Academia de la Lengua Española, la felicidad es un estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien, satisfacción, gusto ó contento; mientras que los seres humanos la interpretamos desde distintas perspectivas y la enfocamos a nuestra vida diaria.

En lo particular, en mi niñez, la felicidad se basaba en correr, brincar, jugar con “monitos de acción” de la época, sin faltar los carritos de carreras; cada vez que hacía esto, mi rostro reflejaba una gran sonrisa un tanto inocente y pícara. Para mis padres no era mal visto que tuviera juguetes tradicionalmente considerados “masculinos”, en parte porque mi padre siempre quiso tener un hijo varón y mi madre no consideraba tan importante atender el prejuicio de que existen juguetes para niños y juguetes para niñas.

Confieso que nunca jugué con muñecas o “Barbies”, lo más cercano que tuve fue un muñeco pequeño semejante a un bebé, el cual siempre me acompañaba a todas partes. Quizá los adultos entendieron que al encargarme de él como si fuera mi hijo yo empezaba a descubrir mi instinto maternal desde pequeña –como el resto de las niñas-, pero nunca fue así; yo creo que ante la ausencia de un hermano o hermana, y otros niños y niñas de mi edad cercanos a donde yo vivía, el muñeco fue mi primer amigo.

Durante mi adolescencia hubo muchos cambios, sobre todo en mi cuerpo y no como yo esperaba. La gran mayoría de mis compañeras de secundaria ya tenían su menstruación y sus cambios físicos eran notorios. Pronto el grupo de mujeres se dividió en “señoritas” y las que aún no menstruaban, todo giraba en torno a ello. Para socializar en el grupo o simplemente para hacer una tarea la pregunta obligada era: “¿Ya te bajó la regla?”. Según la respuesta era el trato.

Cada día que pasaba yo quería ser como ellas, pero nunca sucedió. Mi apariencia física se asemejó a la de mis compañeros y sufría burlas constantes que dañaban mi autoestima, así que me enfoqué en los estudios.

Para entonces mi sonrisa ya no era tan natural y espontánea, cuando aparecía era un tanto temerosa. Mi felicidad la busqué corriendo en una pista de atletismo, pateando un balón ó encestándolo en una canasta, hacía todo esto porque me gustaba, pero también fue un escape a lo que me sucedía. A la vez tenía la necesidad de pertenecer a un grupo y convivir con las personas, sin embargo en todos lados estaba el ser o el no ser “señorita”.

Esta misma presión la tuvo mi madre, muchas de sus amigas presumían de que sus hijas ya eran todas unas señoritas y después venía la pregunta: “¿Tu hija ya es señorita?”. Y la respuesta era: “Se está cuidando”.

En el año 2002, mi madre, preocupada porque no menstruaba, pidió la opinión del médico de la familia, quien le aconsejó esperar unos meses más; sin embargo, su angustia y a la vez su intuición nos hizo ir a consultar con la pediatra, una mujer ya grande de edad, muy amable y que me inspiró confianza. Ella habló con mi mamá y nos pasó al consultorio del ginecólogo, fue algo completamente nuevo para mí. Yo tenía 16 años de edad y nunca me habían hecho preguntas tan íntimas y mucho menos habían tocado así el cuerpo. El ginecólogo me hizo un ultrasonido, una y otra vez vio la pantalla del monitor como si faltara algo, en su búsqueda él volteaba a mirar a mi madre y luego a mí. Esos minutos fueron eternos e incómodos, peor aún, me dijo que tenía que revisar mi zona íntima, se cambió de guantes y me empezó a tocar, no tardó mucho tiempo en encontrar una pequeña bolita que tenía en la parte derecha de mis genitales. Hasta ese momento yo no le había dado importancia a esa bolita, nunca le conté a nadie sobre ella, nunca me causó dolor ni me incomodó. Vagamente recuerdo que “apareció” en quinto o sexto de primaria, cuando me golpeé con el sube y baja.

El ginecólogo me pidió que esperara afuera del consultorio, después de varios minutos mi madre salió llorando, subimos al carro y le pregunté: “¿Qué pasa? ¿qué te dijo?”. Su respuesta fue enmudecer y ante la insistencia me respondió: “Nada”. Fue algo doloroso ver a mi madre llorar de esa manera, ver la angustia en sus ojos, estaba temblando y en shock, yo me quedé igual y decidí ya no preguntar. Al llegar a casa mi mamá siguió de la misma manera, platicó con papá, quien se puso igual que ella. Nuevamente me pregunté: “¿Qué pasa? ¿qué hice mal?”.

Un par de días después la pediatra nos hizo cita en el Seguro Social y de inmediato me trasladaron a una clínica de tercer nivel, ubicada a tres horas de mi ciudad natal. Todo fue tan rápido que no me di cuenta hasta que estaba entre muchos hombres y mujeres con bata blanca, quienes me veían como bicho raro o por lo menos de esa manera me hicieron sentir, fue entonces que mi autoestima se desplomó y mi felicidad desapareció.

Nunca había estado en un hospital por tanto tiempo y mucho menos de esa manera. Mi rutina en los servicios médicos iniciaba a temprana hora. Tenía que estar en la clínica de mi ciudad a las 3.30 A.M para realizar el viaje, llegaba cansada y asustada  a la clínica de tercer nivel alrededor de las 7.00 A.M en compañía de mis padres. Ahí me tenía que presentar a Medicina Nuclear y a otro departamento, que no recuerdo su nombre, para que me sacaran muestras de sangre. A partir de las 9.00 A.M eran consultas interminables en Genética, Cirugía, Endocrinología, Psicología, Urología, Psiquiatría, entre otros. Las batas blancas hablaban con muchos términos médicos y cosas que no entendía, en ocasiones tenía que esperar sola en la sala; mientras los médicos platicaban con mis papás. A la salida de esas reuniones, mi mamá mostraba rastros de llanto y mi papá intentaba mostrarse fuerte, pero al final los tres sucumbíamos ante la desesperación e incertidumbre.

Cuando consultaba con la doctora de Genética, ella siempre me preguntaba cosas como: “¿Por qué no te maquillas? ¿por qué no te vistes femenina? ¿te gustaría sacarte la ceja? ¿te gustaría tener novio?” Para mí, eran preguntas vacías a las que sólo respondía sí o no.

Al poco tiempo me enviaron con una psicóloga, ella nunca me inspiró confianza. Yo solamente quería saber qué me estaba pasando y cuándo terminaría todo, en cambio ella me ponía a dibujar y a contar historias, incluso me encargaba tarea como consultar qué es “5-Alfa Reductasa”. Busqué esa palabra en Internet y apareció una gran cantidad de notas médicas que nunca entendí. Un día me hizo varias preguntas que me incomodaron: “¿Te gustaría cambiar? ¿te gustaría ser hombre?” Y mi respuesta fue: “¿Para qué? Yo soy mujer”.

No encontré respuestas hasta que un día leí mi expediente y la primera nota fue precisamente de la psicóloga, la cual indicaba que mi comportamiento, aspecto y manera de pensar era de un varón. Aquella bolita era un testículo que no descendió y el otro estaba en mi abdomen, me dijeron que tenían que extirparlo para evitar un tumor ó cáncer. Al revisar mi expediente, en la mayor parte de las hojas, los doctores me etiquetaron de la siguiente manera: “Paciente bajo la condición de Seudohermafroditismo Masculino por Deficiencia de 5-Alfa Reductasa”.

El proceso para la operación fue largo, se incrementaron las visitas al hospital. Tenía de tres a cinco consultas en un sólo día con diferentes doctores, yo sentía miedo y quería conocer a otras personas igual a mi para no sentirme tan sola, pero en ese momento no había nadie más, sólo batas blancas por doquier. Siempre quise que todo acabara, pero tan sólo era el principio de casi seis largos años de ir y venir a esa clínica.

En el 2004 fue mi primera operación: recesión de gónadas. Tengo recuerdos muy vagos, quizás en rechazo a lo que me pasó o simplemente mi mente bloqueó esta etapa para tratar de olvidar, aún así tengo ciertos episodios marcados. Ingresé a quirófano por la mañana, estaba temblando de miedo y una enfermera me dijo: “No te preocupes, todos estamos aquí para ayudarte”. Me acostaron en esa cama tan fría y me pusieron varias inyecciones, después sólo vi batas blancas desvaneciéndose y me quedé dormida. Según mis padres me subieron a piso muy noche porque me hicieron varios estudios, y dentro de su desesperación por el tiempo de espera me confundieron con otra persona que salió del quirófano; mamá la abrazo y papá la tomó de la mano, ante la desconcertada mirada de la familia de la chica, ahora es una anécdota graciosa.

En recuperación tuve varias complicaciones, una de ellas fue que no podía orinar y estaba toda inflamada, era de noche y no había doctor, yo lloraba y gritaba de dolor, en mi desesperación cometí un gran error y lo acepto, fui cruel con mi padre al recriminarle: “¿Para qué me traías papá, para esto?” No me respondió, sólo agachó su mirada y de sus ojos salió un mar de lágrimas; mientras jalaba su cabello con sus dos manos. Confieso que todavía no le he pedido perdón por ese mal momento y al escribir estas líneas se me hace un nudo en la garganta. Por fortuna llegó un practicante, sacó a mis papás, me hizo unas preguntas y leyó mi expediente, tuvo que colocarme una sonda entre las piernas para poder orinar. Después de esa noche tan complicada me quitaron la sonda y tenía que orinar por mí misma para que me dieran de alta, batallé mucho, pero al final lo logré y hoy aseguro que cosas tan pequeñitas o insignificantes como “hacer pipi” traen alegría y ganas de disfrutar la vida.

A los pocos días tuve cita con el cirujano –yo todavía con dolores y cansada por lo que había vivido– él me confirmó que todo estaba bien, pero vaya sorpresa me llevo al escucharlo decir: “¿Ya estás lista para la otra operación?”. Sólo habían pasado unas cuantas horas, ¿cómo estaría lista para otra operación? Mi respuesta fue un rotundo: “No”. Yo quería volver a mi vida cotidiana, estar en casa e ir a la escuela, en cambio regresé al punto de partida.

Esta vez todas las batas blancas me ofrecieron algo que cambiaría mi vida para siempre, algo que me hará sentirme querida, algo que me hará encajar como mis ex compañeras de la secundaria, ese algo es mi felicidad para el resto de mi vida, ese algo me convertirá en una mujer, ese algo es una vagina.

Sí, me ofrecieron una vagina. Para ellos y ellas es sinónimo de felicidad en mi vida futura, cuando llegue el momento de casarme tendré “relaciones sexuales con mi esposo, como cualquier otra mujer” y eso “me hará feliz”. Simplemente me quedé en shock, yo no pensaba en mi futuro, sólo quería salir corriendo del hospital. Hoy a mis veintinueve años de edad recupero este pasaje de mi vida para titular mi participación: Vagina, ¿Mi felicidad?

Fue tanto el acoso y la insistencia por parte de las batas blancas que terminé por encerrarme en mi burbuja, un escudo de protección invisible, pero nada efectivo. Me dejé llevar por tantos estudios que me hacían, no por convicción sino para que todo acabara lo más rápido posible y me dejaran en paz. No conforme con la presión de las batas blancas, en esa época yo salía sentimentalmente con alguien, quien no me aceptaba del todo por mi condición y también me aconsejó operarme. Hoy analizo esta situación y me cuestiono: ¿Qué hacía al lado de esta persona?

Prácticamente estaba entre la espada y la pared,  todo era confuso y mi cabeza era un mundo de preguntas: “¿Por qué me pasa esto a mí? ¿por qué yo Dios? ¿qué hice mal? ¿por qué soy un bicho raro?”.  Por momentos pensé en quitarme la vida para acabar de una vez por todas con esa agonía, pero no lo pude hacer. Unas semanas antes de la cita al hospital para definir la siguiente operación –vaginoplastía– mis padres tocaron el tema. Mi papá sabiamente me dijo que no me operara, que no era necesario, y mi mamá comentó que ella apoyaba cualquier decisión que yo tomara. Un día antes de la cita tomé la decisión y no muy convencida dije: “Si”. Lo hice en parte para que todo acabara de una vez y poder estar en paz y ser feliz. Después de dos años de la primera operación me sometí a la vaginoplastía, que según consta en mi expediente médico, consistió en cortar un pedazo de mi intestino para luego colocarlo entre mis piernas.

Esta operación fue otro trauma en mi vida, la cirugía fue dolorosa y la recuperación muy lenta, tenía sondas para drenar por todo mi cuerpo y yo sólo quería irme a casa. Al darme de alta descansé un par de días y regresé para el chequeo médico, ese momento marcó mi vida. Me recosté en la cama del consultorio, estaban mis padres conmigo y aquel doctor se puso los guantes, contó hasta dos, metió su dedo en mi “vagina” hasta lo más profundo y estuvo ahí adentro –para mí– una eternidad, lloré por el intenso dolor que sentía, pero sobre todo por la humillación que estaba pasando: ¿Esta era la felicidad de la cual que tanto hablaban? Cuando sacó su dedo, comentó que todo estaba bien y que parecía una vagina normal, tal parece que sus palabras tenían la intención de reconfortarme por lo que me había hecho. Desde ese momento sentía asco y repudio por mi “Felicidad”.

Al regresar a mi casa tuve algo de paz y tranquilidad, pasé momentos difíciles por el rechazo hacia mi vagina y me tuve que acostumbrar a ella, ya no había marcha atrás. Lejos de traerme felicidad me trajo muchos problemas. El principal es el dolor en todos los niveles, desde un roce con la ropa hasta cuando me toco para limpiarme luego de orinar. A todo esto se agregó que mi autoestima estaba por los suelos y yo no quería socializar con nadie, pues temía al rechazo por lo que me habían hecho bajo “mi propio consentimiento”. No obstante, sin darme cuenta otra vez me encontraba en el mismo lugar, en el principio.

Regresé a la clínica de tercer nivel con las batas blancas, quienes querían hacerme otra operación, esta vez sencilla –según ellos–  para hacer más grande mi “Felicidad” y lograr que fuera “funcional al momento de tener relaciones sexuales con un hombre”. Además de seguir un estricto tratamiento de estrógenos conjugados de equino que inicié después de mi primera cirugía, dicho medicamento serviría para que mi cuerpo tomara forma de una “mujer normal”. Esta vez ya tenía la suficiente edad para tener mayor conciencia y rompí aquella burbuja de protección para responder: “No más”. Trataron de convencerme y venderme nuevamente la idea de la felicidad, pero su estrategia ya no funcionó, siempre me negué y gradualmente dejé de ir a consultar. La última vez fue a finales del año 2008 con la endocrinóloga, quien no tuvo más remedio que darme de alta porque no quería tomarme los estrógenos y los avances eran nulos.

De esta manera cerré mi ciclo en aquel hospital y busqué ayuda fuera del discurso médico, mi necesidad era conocer a alguien igual que yo, que tuviera esta condición Intersexual. Después de una exhaustiva búsqueda encontré a una chica a tres horas de mi casa, platiqué con ella, compartimos nuestras experiencias y sentí que me quité un peso de encima. Pero todavía tenía muchas dudas, quería saber más y encontré en el Distrito Federal a una gran mujer, su nombre es Eva Alcántara Zavala, quien me platicó sobre su investigación de la Intersexualidad en México y su experiencia en el tema. A pesar de que no es una persona que nació con la condición Intersexual, me identifiqué mucho con ella y para mí fue un rayo de luz que me impulsó a seguir adelante en la vida. Quise hacer algo para ayudar a más personas que están pasando un momento tan complicado como el que yo viví, pero no era mi momento, dejé a un lado el tema de la Intersexualidad y me aboqué a mi vida profesional y sentimental. Sin embargo, mi pasado se convirtió en presente. En el 2009 regresé al hospital por un intenso dolor en el estómago, tuve que volver a explicar a cada uno de los doctores lo que me habían hecho en años anteriores. Muchos se quedaron impactados cuando me escuchaban decir: “Me hicieron una recesión de gónadas y una vaginoplastía, soy una persona Intersexual”. Después de dos largas semanas me diagnosticaron adherencias por la cirugía intestinal, es decir, una secuela de mi “felicidad”, recuerdo que me atendió un doctor que estuvo en la clínica de tercer nivel, en donde me habían operado, fue bueno conmigo y dijo que había que esperar. Durante la estancia en el hospital tuve una recaída muy fuerte, el doctor que me atendía no estaba y llegó otro. Con una gran crueldad me dijo: “No te preocupes, ahorita te meto a quirófano, te corto los intestinos, te los pego, al cabo tienes muchos y a la semana regresas”. Esas palabras me mandaron al suelo y mi autoestima nuevamente se fue en picada. Por fortuna mis intestinos perezosos volvieron a funcionar y no me operaron, tuve varias semanas para reflexionar y tomé la decisión de compartir mi experiencia.

Al poco tiempo, impulsada por una gran mujer y con el apoyo de varios compañeros, compartí mi testimonio en público, fue en un ciclo de conferencias de la Comunidad de LGBTTT. Ahí mismo un grupo de apoyo de esta comunidad y que al mismo tiempo era medio de comunicación me hicieron un reportaje que se publicó en YouTube. Su intención era buena, a partir de ahí muchas personas me buscaron para compartir su experiencia a través de las redes sociales y los apoyé en la medida de mis posibilidades, principalmente al escucharlos o bien leerlos. Sin embargo también se acercó gente mal intencionada que busca el tema con morbo y muchos más me amenazaron por el simple hecho de haber nacido bajo esta condición. Fue entonces que decidí escribir al grupo de apoyo que realizó el reportaje para solicitarles que lo quitaran de las redes sociales, amablemente accedieron, pero hoy en día todavía circula por otras fuentes. Tengo que confesarlo tuve miedo, no me sentí preparada para manejar el tema y una vez más lo dejé de lado.

Pasaron varios años durante los cuales me desarrollé como profesionista y cumplí mis metas, platicaba esporádicamente con Eva Alcántara y en este año, 2014, me hizo una invitación para participar en una asesoría a un Hospital del Distrito Federal. En un principio no sabía qué esperar, me imaginaba un público hostil, a la defensiva, estaba temerosa y al final acepté el reto. Tuve en consideración que es necesario aprovechar la mayor parte de los espacios que se abren para hablar del tema y sobre todo a las personas que lo abordan en forma directa diariamente.

El día del evento en el Hospital un grupo de doctores dio lectura a un caso de Intersexualidad. Me llegaron a la mente recuerdos, supuse que así habían sido las reuniones para tratar mi caso, sentí con que crudeza tomaban las decisiones, por momentos quise llorar por la sensación de mi impotencia ante lo que estaba escuchando, decidí levantarme de mi lugar para tomar agua y calmarme un poco. Al término de la lectura del expediente, continuaron los expositores, quienes aportaron cosas interesantes. En mi turno, estaba muy nerviosa, el ambiente en la sala era tenso, por momentos titubeaba y cuando me sentí cómoda ofrecí mi testimonio abiertamente, desde mi niñez hasta la edad adulta, mostré algunas fotografías y algunas páginas de mi expediente clínico para nutrir la plática. Al final de mi participación confirmé lo que en un principio esperaba: una doctora se mostró hostil, trató de refutar todo lo que yo decía y su molestia se reflejaba en su rostro, pero la asesoría valió la pena, pues otra doctora tenía un punto de vista más humano y no tan técnico, y se desató la polémica con referencia a operar a los pacientes desde pequeños o bien, esperar a que crezcan y decidan. Por mi parte lancé una pregunta al aire: ¿Qué harían ustedes si tuvieran un hijo o una hija que nació bajo esta condición? La respuesta de esta doctora hostil fue contundente al asegurar que seguiría el proceso establecido con su hija o hijo. Durante toda la asesoría dejó en clara su postura: los tratamientos médicos quirúrgicos son la solución. Considero que ambas partes tuvimos una experiencia muy enriquecedora y que algo bueno surgirá de esta asesoría.

Desde mi primer acercamiento con la Intersexualidad hasta hoy en día mi percepción del tema es muy distinta por toda la experiencia que viví como paciente. En un principio los doctores me hicieron creer que la Intersexualidad es algo malo y tiene que remediarse lo más rápido posible a base de cirugías y estrógenos para encajar en la sociedad; sin embargo, hoy en día entendí que esto es una mentira. La variabilidad corporal simplemente es una condición humana y el problema no está en el cuerpo sino en la mente, en la manera de verlo y de pensar de cada persona, grupo o  sociedad. También compartí mi experiencia en la Comunidad LGBTTT, en su momento fue algo bueno, pero considero que no es el lugar indicado para partir y abordar el tema, debido a que son dos cosas completamente diferentes. A grandes rasgos la primera se refiere principalmente a la preferencia sexual y la segunda es una condición corporal de nacimiento, por lo tanto puede confundir a una persona, que nació bajo la condición Intersexual.  Otra de mis primeras experiencias fue con los Medios de Comunicación que son agentes de cambio importantes, pero la mayoría tratan el tema con “amarillismo”, buscan vender, más que informar de manera adecuada y precisa. Pienso que en parte es por la falta de información y educación sobre el tema.

Para cerrar mi participación hago hincapié en que ofrezco mi testimonio no para victimizarme sino para ayudar a más personas que nacieron bajo esta condición y qué posiblemente están pasando por este difícil momento.  Desde mi punto de vista considero  que es necesario un espacio para nosotros, para platicar nuestras experiencias y escucharnos,  pero también necesitamos a personas especialistas en diferentes áreas como las doctoras Eva Alcántara Zavala y María del Pilar Hernández, quienes son pilares del tema en nuestro país, creo que en conjunto podemos generar importantes cambios a nivel nacional.

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Un pensamiento en “Vagina, ¿Mi Felicidad? Por Guadalupe Chavez (persona Intersexual)

  1. Que impactante historia. Gracias por compartir y contribuir con su experiencia a la visibilización y sensibilización! Importantisima tarea! He tenido contacto con ustedes por aquí, y les he compartido que estoy haciendo una investigación sobre el tema de la medicalización de las personas intersexuales. Si fuera posible, y en aras de contribuir desde mi humilde lugar, podrían compartir el dato de en qué hospital fue realizado este tratamiento? Fue en clínica del IMSS?

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