Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

Historia rota.

Por Hana Aoi (E-mail: aoihana.1981@gmail.com. Website: Vivir y Ser Intersexual)

Versión editada y actualizada del texto publicado también en Brújula Intersexual bajo el mismo nombre.

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Es un abismo sideral, un vacío inmenso de una oscuridad y un silencio insoportables. No se ve nada. No se oye nada. Pero ahí se encuentran los fragmentos de una historia pendiente de articular.

Denegar el pasado representa una grave afrenta, ya sea porque es unx quien vive en la negación, o porque son los seres queridos que cuidaron de unx cuando se era una criatura quienes viven en negación. Muchos me han dicho: “Lo pasado, pasado está. Ya no mires atrás. Enfócate solo en el presente”. Aún así, al ser intersex, ignorar la historia del nacimiento de unx acarrea una serie de eventos y consecuencias en la propia vida que desembocan en problemáticas de las que, como si nada, se pierde de vista el origen porque nadie lo puede recordar. Unx se encuentra incapaz de reconstruir la narrativa. Y de verdad, no hay con quien hablarlo, pues quienes se supone que eran los expertos muchas veces ya no están ahí. ¿A dónde se han ido los cirujanos que te abrieron, te extrajeron las gónadas y moldearon tu cuerpo para satisfacción de la sociedad? Muertos. Jubilados. Anónimos. ¿Tu expediente? Destruido años atrás, porque nadie lo reclamó. ¿Tus padres? Prefieren no volver atrás, es muy doloroso. Y claro que lo es: en ese entonces hubo mucho miedo, mucha confusión, así que se dejaron llevar por la sugerencia de los “expertos”, y guardaron el secreto. Se lo guardaron deseando que el tiempo, el silencio y una crianza de sobreprotección perduraran lo suficiente como para que no necesitaras mirar atrás. Hasta que fueras mayor y autosuficiente.

Pero un día todas las piezas encajan, y te das cuenta de que te han mentido todo el tiempo. Y cómo duele, sin importar las buenas intenciones.

Es una historia rota de la que nadie hubiera querido hablar. Yo tenía treinta años cuando al fin supe. No es que no tuviera pistas: conforme crecía, y por mera necesidad, mi madre tuvo que soltar a cuentagotas respuestas a mis preguntas más bien tangenciales. Inconscientemente también yo tenía miedo, creía que había algo torcido acerca de mí, los recuerdos en casa y en el hospital me habían dejado esa impresión. En mi trigésimo aniversario en esta Tierra, todos los recuerdos, las cicatrices, la psicoterapia, los cabos sueltos de información de mi madre y la avalancha de datos recogidos a través de años de sospechas y deducciones, dieron forma a una narrativa más o menos articulada. A falta de un expediente clínico, finalmente la memoria de mis padres se apareció para ayudarme a darle forma esa historia.

Érase una vez, nací, la más pequeña de tres hermanas. Mis hermanas mayores estaban emocionadas por mi llegada. Todo marchaba como se esperaría de una casa con un bebé. Pero un día, a una semana de mi nacimiento, mi madre llegó a la conclusión de que no debía pasar por alto algo que había llamado su atención: que mi cuerpo era diferente. Ella no sabía si era algo para preocuparse, pero hasta donde entendía, algo no lucía bien ahí. ¿Se suponía que una bebé debiera tener un clítoris tan grande? Un equipo multidisciplinario de médicos se reunió para tal ocasión —¡y qué ocasión era para todos ellos!—. Me diagnosticaron “hermafroditismo verdadero”, cariotipo 47 XXY. Le informaron a mis padres que había que extirpar mis ovotestes debido a un potencial cáncer. También que, debido a mi “ambigüedad genital”, había que abordar la viabilidad como niño o como niña, enfatizando que era mejor darle forma femenina a mi cuerpo. Después de todo, ya eran padres de dos niñas, así que encajaría a la perfección. Así fue que se decidió; mis padres esperaron que todo saliera lo mejor posible, y desde los seis meses de edad hasta los once años atravesé por tres diferentes cirugías. Uno de mis primero recuerdos proviene de la segunda: recostada en una cama de un cuarto común de un renombrado hospital público en la Ciudad de México. El ala de urología pediátrica se encontraba en algún piso intermedio del edificio, pues recuerdo la luz ambarina de la lámpara en la calle colarse a través de la ancha ventana, en oposición a la tenue luz blanca de las lámparas de halógeno del corredor justo afuera. Tenía cuatro años, y traía puesto un yeso de algún tipo, con la forma de un pañal, cubriéndome la cintura y la pelvis. Aún puedo revivir su rigidez y el miedo que tenía de mover mi cuerpo en lo más mínimo… Más lúcido es el recuerdo de la tercera cirugía. Acababa de cumplir once años apenas dos semanas atrás. Aunque ya no era una criatura indefensa, esa vez ingresé con mansedumbre al hospital y fui sometida a una vaginoplastía de la que solo tenía una leve idea de lo que podría hacer por me. Mi mamá me había dicho que era necesario “arreglar” mis genitales de modo que no tuviera problemas cuando fuera mayor. No entendía qué clase de problemas eran esos. Supongo que creyó innecesario explicar qué era la vagina (que yo confundía y confundí por mucho tiempo con la uretra), y cual era el uso que todo mundo esperaba de ella. Recuerdo que en los meses previos, el doctor que me atendía inspeccionaba mis genitales, y la semana previa, me parece, extrajeron muestras de sangre para los análisis previos a la cirugía. Todos esos momentos hoy son como instantáneas, pero acompañadas por el recuerdo del dolor en la piel en mis partes bajas, los dedos cubiertos de látex presionando mi uretra y mi vulva incipiente. Se trataba de mi cuerpo, y me sentía incómoda, avergonzada. Pero lo soportaba porque si mi mamá me había llevado ahí, entonces todo era en mi beneficio, y si había estado yendo a esas revisiones y toma de muestras, era porque algo estaba mal conmigo. En resumidas cuentas ese era el problema: mi cuerpo. Así que cuando la cirugía concluyó y fui enviada a mi cama, uno de los doctores, torpemente, le dijo a mi papá: —Su hija está lista para la vida—. Al día de hoy me pregunto qué demonios tendría en mente ese sujeto. Ciertamente no la vida que acabé teniendo años más tarde… Muchas batas blancas se aparecieron para verme, eran los internos junto con el médico a cargo, levantando mi sábana del extremo inferior para mostrar y explicar a los jóvenes médicos lo que estaban mirando. Estaba paralizada, pero de nuevo pensé que estaría bien, si es que mi mamá lo estaba permitiendo. El médico estaba enseñando algo que ahora estaba bien. ¿O no? Pues aún tenía que ir a la clínica a seguimientos, en esos gabinetes tercermundistas color caqui, atestados (y me refiero a una de las mejores instalaciones de salud pública de México), teniendo que exhibir mi cuerpo ante la mirada del nuevo médico a cargo de mi caso. A la edad de trece años comenzó a preguntarme si ya tenía novio. Siempre he sido tímida (consecuencia de mi crianza, supongo), y francamente los chicos no entraban en mi radar. La pregunta me molestó. Una parte de mí quiso responderle: —¡No! Y en todo caso, ¡qué te importa! —. Pero con mi madre presente, me limité a decir: —No —. Ahora se que no era solo una plática de cortesía, sino que apuntaba a algo con esa clase de preguntas.

A esa misma edad comencé la terapia de remplazo hormonal. Tenía que tomar una pastilla elíptica de color borgoña diariamente: estrógenos conjugados de origen equino. No comprendía bien por qué necesitaba hormonas “extra” (aún no tenía consciencia de que mis gónadas ya no existían). Y pregunté: ¿para qué era esa gragea? Mi mamá, la única fuente posible de respuestas en casa, me dijo que era para el desarrollo de mi cuerpo. Me daba pena seguir preguntando. En lo tocante a hablar de mi cuerpo, tenía el doble de pena, porque para empezar no estaba cómoda con el concepto de la adolescencia. Me parecía bien ser más alta. Me encantaban los deportes de siempre, y adoraba el basquetbol. Pero mi mamá habría preferido que me comportara de forma más femenina. Supongo que siempre he tenido un aspecto femenino, o como menos andrógino, así que encajaría de maravilla si tan solo usaba un poco de maquillaje y vestía faldas y vestidos y calzaba zapatillas. Ese tipo de cosas las hice, pero de niña, y solo a veces. Como adolescente, no me interesaba, a menos que me presionara para hacerlo. Solo ahora entiendo por que sentía la necesidad de comportarse así. Por otro lado, también sentía pena debido a la noción acendrada de que todavía había algo mal con mi cuerpo, incluso si no lograba expresarlo verbalmente, y que era fuente de vergüenza y preocupación, así que había que mantenerlo en secreto. En este sentido, inconscientemente, calladamente, yo era el secreto de la familia.

El hecho de nunca haber tenido ningún novio o novia me ayudó a evitar cualquier confrontación respecto a mi misma. Pero en la universidad, comencé a preguntarme por qué aún no menstruaba. Sabía que algunas chicas comenzaban incluso hasta los veintiuno. Era como si un reloj marcara las horas al pasar, y no lograba resolver por qué mi periodo no llegaba. Una parte de mi se sentía aliviada, porque no era que quisiera experimentar la incomodidad que otras mujeres padecían, pero era de nuevo la idea de que algo estuviera mal con mi cuerpo lo que comenzó a surcar mis pensamientos.

También estaba la parte del deseo sexual insatisfecho; cuando quería darme placer, este era breve e insatisfactorio. Cuando quise encontrar lo que se suponía que era “el órgano femenino del placer sexual” con mis dedos, sólo hallé incomodidad y descontento, pues sin importar cuánto tocara, apenas podía sentir algo placentero más allá de la mera presión de la yema de mis dedos. Lo curioso es que sentía cómo mi cuerpo se excitaba, pero cuando trataba de mantener esa sensación, esta simplemente cesaba. Posteriormente descubrí otras formas de satisfacer a mi cuerpo, pero desde tiempo atrás me he resignado al hecho de que mis genitales no pueden proveerme de sensaciones placenteras. Años después, cuando mi madre al fin me contó cómo era mi cuerpo al nacer, até cabos y supe con certeza que la sensibilidad de mis genitales había sido afectada durante las cirugías que había atravesado. Por supuesto, no era algo que mis padres hubieran podido saber en aquellos momentos.

Hay una consecuencia de crecer con la idea de que tu cuerpo tiene algo malo, y la necesidad sin nombrar y sin satisfacer de reafirmarse que todo está bien, que creo que es tan dañosa como las cirugías: una baja autoestima. Crecí buscando siempre la aprobación y aceptación de mis padres (y de cualquier figura de autoridad) en todo. Por largos periodos de mi vida, mi autoestima fue aceptable porque me esforzaba con denuedo por compensar por las cosas en que sabía o sentía que no era suficientemente buena. Me convertí en una estudiante de excelencia, no solo porque amara el aprendizaje, sino porque también creía que era la única cosa que evitaría que mis padres se sintieran decepcionados de mi. Pensaba que no valía más que eso. Así que el día que anuncié que deseaba licenciarme en Historia, día que debió haber sido de alegría, resultó ser deprimente. Sabía de antemano que no encontraría un anuncio de empleo de “se requiere historiador” en los periódicos. Lo que me pudo fue la sensación de rechazo que tuve ese día cuando cada miembro de mi familia me dio su opinión sobre el asunto. Quería desesperadamente complacerlos, por lo que cambié de idea y elegí la opción “fácil”, y terminé estudiando Ingeniería en Computación, solo porque al terminar encontraría con facilidad un empleo bien remunerado y sería autosuficiente. Claro, las computadoras y la programación se me facilitaban, pero no era que me encantaran.

Cosa curiosa: aún si tratas de ocultar tu propio ser, este florece eventualmente. Incluso si has jugado el rol de consentida del profesor y el de niña obediente también, porque es el único modo en que pudiste comportarte para sobrevivir, la verdadera vocación se aparece. Comencé a escribir. Siempre había adorado las lecturas de mitos, leyendas, cuentos, novelas. Ya desde la secundaria había intentado escribir mis propias historias. Pero fue cuando llegué a la universidad que admití cuánto lo necesitaba. Sin embargo, cuando por error mencioné a mis padres que me gustaría dedicarme a eso de por vida, mi padre me dio un sermón al respecto. Recuerdo cómo lloré ese día, y desde ese momento casi dejé de escribir. Silencié mi voz interna. Fue entonces que mi cuerpo comenzó a quejarse. Mi salud, que hasta entonces había sido buena, comenzó a declinar. Contraje hepatitis A. Me esguincé el tobillo derecho tres veces en cinco años, incluso cuando ya no me dedicaba a ejercitarme o a practicar deportes. También eso: abandoné los deportes, que era algo que amaba, porque sentía que a mi madre le desagradaba (si bien toleraba) el hecho de que jugara futbol (algo que hice con ganas cuando era adolescente y luego en la universidad), probablemente debido a que en la cultura mexicana no es visto como una actividad femenina. Mis niveles de colesterol y triglicéridos alcanzaron valores arriba del máximo recomendado para mi edad, no porque tuviera sobrepeso, sino por el continuo estado de estrés en el trabajo. Supongo que sabía que odiaba mi carrera como desarrolladora de software casi desde el primer momento. Todo el día me la pasaba enojada, quejándome de casi todo. Me enamoré de una mujer que me quería pero solo como amiga, y en ese sentido me volví amargada. Fui con tres distintos psicoterapeutas, y aunque al principio las cosas se suavizaban, y me sentía optimista sobre mi futuro y hacía planes, no solía durar.

Y entonces cumplí treinta, como ya mencioné, y mi vida comenzó a desmoronarse, un año a la vez, hasta que a los treinta y tres las cosas se salieron de control. No hubo psicoterapeuta que pudiera ayudarme a superar los hallazgos de mi propia historia, y la tomé contra mis padres. Comencé a infligirme daño físico y caí en una profunda depresión. Si bien no amaba mi carrera, hasta ese entonces había sido una empleada confiable en cada empleo que tuve; pero cuando las mismas asignaciones de trabajo se volvieron imposibles de cumplir, y la presión insoportable, es decir, cuando comencé no solo a odiar ese empleo en específico sino toda mi elección profesional, empecé a faltar al trabajo y a quedarme en cama todo el día, llorando y maldiciendo a todos y a todo. Pensaba que había alcanzado el punto más bajo. Así que renuncié. Entonces, una semana después, un amigo me ofreció un empleo similar; pensé que sería distinto, pues era otra compañía y un mejor ambiente laboral. Pero el día previo a empezar, simplemente reventé. Lloré como jamás había llorado en mi vida. No cesaba de gritar: —¡No puedo hacerlo! Ya no. Ya no. —. Mi madre me ayudó a contactar a mi amigo y a excusarme, que no acudiría a trabajar y que yo lo contactaría posteriormente. Mi amigo comprendió.

Así empezó el año más complicado de mi vida: el año de aprender a perdonar, de aprender a amarme a mí misma, de aprender quién era realmente y qué quería hacer, es decir, lo único que jamás me había sentado a pensar con detenimiento. Aún más, fue el año de aceptar mi cuerpo como era, no como pudo haber sido. De forma interesante, comencé a menstruar debido a un cambio en la terapia de remplazo hormonal, pues los estrógenos conjugados me habían acarreado un mioma en el útero, mismo que me causaba una hemorragia constante. El ginecólogo me prescribió parches anticonceptivos, y las hemorragias pararon. Sin embargo, me advirtió que desde entonces comenzaría a tener mi periodo, pues a diferencia de los estrógenos que tomaba diariamente sin pausar, los parches seguían un ciclo menstrual, descansando una semana de su uso. Esto a la postre reduciría el tamaño del mioma sin necesidad de intervenciones quirúrgicas. Y así sucedió. Al principio esto me enfadó aún más. ¡Ahora que ya me había acostumbrado a no menstruar, pasaba esto! Pero conforme acepté mi cuerpo como era, pensé que este cambio era una señal de un cambio interior. Ahora estoy tranquila al respecto.

Una de las cosas que me dieron que pensar durante el tiempo que aprendí a aceptar todos los aspectos de ser intersex fue el aceptarme como mujer en todos los aspectos. Cuando descubrí que pude haber sido un chico, estuve realmente confundida, porque de niña, aparte de los vestidos y todo eso, siempre había sentido la necesidad de jugar con otros chicos, incluso una vez me lié a golpes con uno. Jugaba futbol en las calles con mis vecinos, todos ellos muchachos. Mis zapatillas deportivas eran una extensión de mi ser, nunca me atrajo la idea de calzar tacones y esa clase de cosas. Me gustaban los chicos, sí (de hecho algunos de mis amigos varones me llegaron a atraer), pero me gustaban también las chicas, ya desde el jardín de infantes. Fue hasta que tuve mi primer novio en la universidad que consideré la idea de ser más “femenina”, pero no era algo que pudiera forzar. La relación se disolvió a medida que me distancié, porque deseábamos tener sexo, pero no estaba segura que mi cuerpo estuviera bien, al comparar la reflexión en el espejo de mi vulva y de mi vagina contra las imágenes que encontraba en línea. Entonces pensé que quizá solo una mujer podría aceptarme. Esta era la época en que aún no tenía consciencia de ser intersex. Fue cuando me enamoré de una amiga que me quiso mucho pero solo como eso, una amiga, una hermana, una confidente, no en el modo romántico en que yo lo deseaba. Considerando todo esto, cuando al fin descubrí las circunstancias de mi nacimiento, todo lo que pude pensar era que la vida, no solo la mía sino la vida en sí misma apestaba. Por un tiempo ponderé la idea de hacer la transición de mi cuerpo, porque durante mucho tiempo había estado jugando un rol de género masculino, sin percatarme que mi identidad de género estaba muy arraigada a lo femenino. Aparte, la idea de más cirugías me enfermaba, lo que me sugería la idea de que eso no era para mi, y me pregunté al fin: ¿realmente crees que eres un hombre? Cuando la respuesta emergió con suavidad, descarté la idea. Posteriormente, conforme encontraba información sobre la intersexualidad, me preguntaba si mi identidad sería más bien no-binaria o gender-fluid. Pero al dejar marinar la concepción de mi propio género, entendí que no era tan ordinario como decir “hey, me gusta el color verde”, sino que debía reflejar un profundo sentido de la identidad propia, de cómo se proyectaba esta. Es curioso cómo me tomó tanto tiempo llegar a ser mujer. No por el cuerpo, sino por la identidad. Toda mi vida, todos habían dado por descontado que yo era mujer; pero no fue sino hasta ese momento que me consideré como tal: una mujer intersex. Y estoy en el camino de aprender a vivirlo y disfrutarlo a plenitud.

Al relatar todo esto, no intento decir que ser intersex haya sido la causa de todas mis malas decisiones. Pero la sociedad sí que jugó su parte. Los miedos de mis padres, la autoridad de los médicos, jugaron una parte decisiva en el moldeo de una psique con una baja autoestima y una necesidad de aceptación. Esta fue la obra de los prejuicios de la sociedad. No es el ser intersex, sino la manera en que la sociedad la mira, el estigma, sus nociones sobre cómo debe ser una niña o un niño, tanto en sus características corporales y su identidad de género. Puedo ver ahora un cierto patrón entre las historias de muchos adultos intersex cuya salud física y mental fue socavada desde sus años tiernos solo porque sus cuerpos significaban una amenaza a las construcciones mentales de la gente a su alrededor. Los niños, todos, son muy sensibles. Perciben los miedos de sus padres con más facilidad de lo que pensamos. Y lxs niñxs intersex perciben miedo, rechazo, culpabilidad, vergüenza. No todxs, por fortuna. Algunos tuvieron la suerte de contar con padres informados y valientes que dijeron “No” y en su lugar optaron saludablemente por descubrir un mundo diferente a través de sus hijxs intersex. Esas son las experiencias que requerimos replicar en este mundo a fin de detener el sufrimiento innecesario. La vida en sí misma es complicada. Nada aporta el complicarla más. Y con toda certeza, las cirugías y las terapias no han demostrado ofrecer ninguna solución real, más allá de un breve alivio a padres desesperados que jamás supieron que había una opción. También esos padres necesitan de nuestro apoyo. Tienen que saber que no están solos, y que no hay por qué precipitarse.

No necesitamos más historias rota. La gente intersex debe tener el derecho desde que nace para llevar una vida propia, explorar lo que el mundo les ofrece, florecer, descubrir quiénes son y lo que quieren ser, y ser quienes tomen las decisiones sobre su cuerpo. Bueno, esto debiera ser cierto para todo tipo de personas. Y como cualquiera, las personas intersex no deberían tener que vivir una historia rota, cortada y editada aquí y allá, solo para ser agradables.

Al día de hoy, sigo escribiéndome mi nueva historia, apropiándome de ella. Perdonando donde hubo amor, y olvidando donde hubo ignorancia y negligencia. No me importan las rencillas. Prefiero justicia. Quizá ya no para mi, pero sí para otros. También quiero poder ofrecer mi ayuda cuando alguien me pida una mano.

Como conclusión, hay algo que quiero pedirle a padres de niñxs intersex en México y en el mundo: ¡busquen ayuda! Infórmense, soliciten consejo, no de un solo médico; aún si es de forma lenta, se está dando un cambio en la manera en que médicos empáticos con la intersexualidad la abordan, ya no como una patología sino como una variante del cuerpo humano. No hay nada intrínsecamente patológico de tener características sexuales distintas de las que corresponden a las nociones típicas de hombre y mujer. Pero aprendan sobre las necesidad de salud específicas de su hijx, porque cada persona es diferente. Hay condiciones médicas que no deben ser pasadas por alto que pueden asociarse a algunas variantes intersex. Apóyense en organizaciones de activismo intersex, como Brújula Intersexual. Están más que dispuestos a ofrecer su experiencia y consejo. Desháganse de miedos y dudas. Pregunten todo lo que necesiten preguntar. No se queden con un diagnóstico de “trastorno de desarrollo sexual”, porque eso solo va en detrimento del bienestar de su hijx. Acepten a su hijx como es. Si es indispensable (muchas veces lo es), asígnenle un género para fines administrativos, pero no cedan a las cirugías. Tienen en sus manos a pequeños y hermosos seres humanos con el potencial de convertirse en adultos felices y realizados.

 

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3 pensamientos en “Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

  1. Pingback: A broken story. By Hana Aoi (mexican intersex person) | Brújula Intersexual

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