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Mi mejor amigo es como una flor. Por Kennistar

Mi mejor amigo es como una flor

Por Kennistar 

Contacto: pau_eva@hotmail.com

Nota: Cuento pensado desde el punto de vista de un adolescente que ha crecido, como la mayoría de las personas, en una sociedad machista y que invisibiliza a la intersexualidad.

amigos

Esa fue la primera vez que vi a un chico comprando toallas femeninas.

Después de la escuela fui al mini-super al que siempre solía ir. Iba a ese lugar porque tenía las historietas que yo leía y aunque no tuviera dinero para poder comprarlas, las hojeaba por un rato. Fue ahí donde lo vi. Había levantado la cabeza para que mi cuello descansara un poco cuando él puso las toallas femeninas en la caja registradora. Me sorprendí al ver a un chico posiblemente de mi misma edad comprando eso y no por el hecho de que lo comprara, sino por su actitud. Si yo hubiera estado en su lugar, no dejaría de mirar hacia todos lados, nervioso y con ganas de salir corriendo lleno de vergüenza. Pero él parecía tan tranquilo, como si fuera algo normal y me llenó de intriga. Me dieron ganas de hablarle y preguntarle si no le daba pena comprar eso. En casa me habían dicho que las cosas de mujeres debían de ser compradas por ellas, así que pensé que tal vez su familia era como se decía últimamente, de mente abierta. Lamentablemente el chico se fue antes de que yo hubiera podido hablarle.

Pasaron los días y regresé al mini-super para ver si ya habían actualizado la historieta que estaba leyendo. Me sorprendí cuando lo vi de pie leyendo la historieta que más me gustaba y me acerqué a él lleno de emoción.

–¡Hola! – Saludé efusivo. Él apartó su mirada de la historieta y alzó sus ojos a mi dirección. ¡Vaya! Era muy raro. Me di cuenta que era mucho más bajo que yo, y eso que yo no era muy alto. También era muy delgado y sus rasgos no eran como los de los otros chicos. Papá hubiera usado el término “maricón” para referirse a él. Pero mi hermana me había enseñado que no era “maricón” sino “afeminado” el término correcto.

–Hola. – Respondió algo extrañado.

–Muy buena la historieta que estás leyendo. Yo lo leí la otra vez. – Él parecía estar confundido y me miraba un poco amenazante.

–Lo acabo de abrir. La portada llamó mi atención. Pero no encuentro los otros capítulos.

–Ya no están. Pero si quieres te cuento de que tratan.

–Anda, dale. – Estuvimos platicando por un buen rato. Al principio él se mostraba algo reservado, pero después se abrió más y hasta comenzamos a bromear. Era muy agradable estar con él. Se llamaba Alexis y sí tenía mi edad. Iba en una escuela privada pero me dijo que lo iban a cambiar a una pública. No le pregunté la razón y le dije que se metiera a mi escuela para que así pudiéramos platicar más. Al final él se tuvo que ir y quedamos en vernos al día siguiente. Así que regresé feliz a casa por haber hecho un nuevo amigo.

Después de ese día comenzamos a vernos más. Ya no solo platicábamos en el mini-super, también salíamos a caminar por ahí y hasta me invitó a su casa. Descubrí que era hijo único y pensé que las toallas se las había comprado a su mamá. Sus padres eran muy agradables y se veían muy jóvenes. Me di cuenta que su familia era muy diferente a la mía.

Pasaron los meses y por fin Alexis fue cambiado a mi escuela. Me puse muy contento cuando lo vi en mi salón puesto que él no me había contado nada. Casi al instante se los presente a mis amigos y parecieron llevarse bien con él. Conforme a los días me di cuenta que la apariencia “afeminada” con quedaba para nada con Alexis. Era muy ruidoso, le gustaba pelear con los otros chicos y era muy bueno para los deportes bruscos, incluso mejor que yo. Pero seguía habiendo algo raro en él y los demás se burlaban por eso.

–Es como una marimacho. – Dijo una vez un amigo mientras Alexis se encontraba en el baño.

–Sí. A pesar de cómo actúa no puedo verlo como un chico.

–Es un maricón.

–¿Maricón? ¡Es putísimo! La otra vez no quiso quitarse la platera y parecía una princesita. – Todos se reían y yo no sabía que decir. Tenían razón sobre que Alexis no era “normal” pero él era una buena persona y se había vuelto un amigo importante para mí.

–Ya basta. Él es mi amigo.

–Uuy. Lo defiendes porque eres igual que él.

–¡No es cierto! Él es mi amigo.

–¡Ambos son novios! ¡Se besan! ¡Se tocan sus cosas!

–¡Basta! Él es más hombre que todos ustedes.

–Pero es un debilucho.

–Y nadie le quita lo maricón.

–Aparte, su nombre es el de una niña.

–Sí. Y siempre se tarda mucho en el baño.

–Y no deja que nadie le toque el pecho.

–¡Cómo a una niña! – Sus risas se hicieron más fuertes y yo me sentía patético. No me gustaba que dijeran eso sobre Alexis, pero tenían razón y tampoco quería que pensaran que me gustaba o que era maricón. No sabía qué hacer.

Un día que fui a su casa decidí que ya era momento de preguntarle sobre las toallas y pensé que también debía contarle sobre lo que los demás chicos decían sobre él, así ya no lo estaría traicionando.

–Oye, Alex. La primera vez que te vi estabas comprando unas toallas femeninas. ¿No te dio pena hacer eso? – Ambos estábamos en su cuarto haciendo la tarea. Él dejó de escribir y me miró pensativo.

–No. ¿Por qué debería de haberla tenido?

–Porque…. Son cosas de mujeres y nosotros no deberíamos de comprarlas….

–Yo no le veo lo malo. – Alexis siguió escribiendo pero yo lo volví a interrumpir.

–Oye, te voy a decir algo pero no te enojes.

–Vale, dilo.

–Los chicos de la escuela se burlan de ti. – Alexis apartó su mirada de la tarea y me miró sin comprender.

–¿Qué dicen? – Yo me sentí repentinamente incómodo y me arrepentí de haberle contado eso.

–Pues….dicen que eres como una chica….y te dicen maricón. – Alexis apretó la mandíbula y frunció el ceño. Se veía realmente enojado y me sentí muy mal por lo que había dicho.

–¿Eso dicen?

–Sí. Pero no importa. Porque tú eres valiente. ¡Hasta le compras toallas a tu mamá! Ninguno de ellos haría eso. Créeme. – Sonreí para tranquilizarlo pero Alexis solo se afligió más. Bajó la mirada y apretó los puños. Pasaron los segundos y pensé que ya no iba a decir nada más, así que reanudé con mi tarea.

–Beto, ¿puedo contarte algo?

–Claro.

–Pero….no se lo cuentes a nadie más, ¿vale?

–Claro. Seré una tumba. – Hice a un lado mis libros y puse toda mi atención en Alexis.

–Las toallas no eran para mi mamá… – Miré a Alexis sin comprender. Él no tenía hermanas y todas sus vecinas eran mujeres mayores, entonces… – Eran para mí.

–¿Eres….una chica? – Alexis evitaba mi mirada y yo no lo podía creer. ¿Qué estaba pasando? ¿Mi mejor amigo ahora era una mujer?

–¡No! Yo…no soy una chica.

–¿Entonces? Alex, no entiendo.

–Yo….yo soy….intersexual.

–¿Qué? ¿Entonces si eres maricón?

–¡No! No soy maricón.

–Alex, no te entiendo. ¿Qué es intersexual? ¿Significa que te gustan niños y niñas? ¿Quieres ser una niña? ¿Por eso usas toallas?

–¡No! Nada de eso. Mira, intersexual es cuando no eres niño o niña. Estas como que en medio de ambos. Y pues tienes partes de ambos.

–¿Tienes las dos cosas?

–No se….yo….yo no tengo lo que tú tienes abajo. Mi parte es más parecida a la de una mujer….dentro de mi hay ambas cosas… ¿Me explico?

–No. No entiendo nada. ¿Eres un chico-chica?

–A ver. Cuando nací pensaron que era un niño con un pene muy pequeño. Luego me revisaron y se dieron cuenta que no era un pene, sino un clítoris algo largo. Descubrieron que tenía vagina y ovarios y pensaron que era una niña. Iban a operarme pero mis padres no quisieron. Después de unos meses empecé a tener muchos cólicos y los doctores descubrieron que tenía los testículos cerca de mi área abdominal y que podían causarme daño así que decidieron quitarlos. Todos creyeron que sería niña, pero yo soy un chico. Y las toallas…hace poco empecé a menstruar y los pechos me están creciendo y los doctores dicen que debo de tomar hormonas femeninas pero no quiero porque soy un chico…. – Alexis no dijo nada más. Parecía como si fuera a romper a llorar en cualquier momento. Yo no sabía que decir. No entendía lo que estaba pasando. ¿Alexis era una chica o era un maricón? Era la primera vez en mi vida que escuchaba eso. Al parecer era una enfermada muy fea. ¿Sería contagiosa? Hasta el momento no me habían crecido los pechos. – Todos piensas que soy raro, pero mamá dice que es normal. Las flores también son intersexuales, ¿sabes? – Vaya que no. Después de eso no dije nada hasta que me despedí de él. Esa noche no pude dormir bien por estar pensando en si Alexis ahora era mi amiga o no y al día siguiente no pude evitar ser distante con él. Lo observaba de manera discreta y no podía entender que es lo que era, como me referiría a él a partir de ese momento y lo peor: como debería de tratarlo.

Los días pasaron y comencé a alejarme de Alexis. Después de todo, los otros chicos tenían razón y Alexis era diferente. Él era una niña que actuaba como chico. Su nuevo apodo era marimacha y Alexis se enojaba mucho cuando se lo decían. Siempre se peleaba con los demás y terminaba en la enfermería. Yo solo agachaba la cabeza y evitaba encontrarme con su mirada. Los demás me hacían burla y me preguntaban por qué me había separa de Alexis,

se inventaban historias y decían que él me había besado o que me había hecho cosas raras. Yo lo negaba todo pero no decía la verdadera razón. Después de todo había prometido a Alexis no decirle a nadie su secreto.

Alexis comenzaba a verse decaído y comenzó a faltar a clases. En varias ocasiones estuve a punto de ir a su casa, pero no lo hice. No me sentía preparado y estaba seguro que Alexis me odiaba. Yo quería que las cosas volvieran a estar como antes, me gustaba estar con Alexis y anhelaba su amistad. Un día cuando fui al baño lo escuché llorar y me sentí realmente triste. Él siempre había sido bueno conmigo y me había confiado su más grande secreto, y yo le había pagado de esa manera. Así que, un día, esperé a que las clases terminaran y abordé a Alexis antes de que se hubiera ido. Los chicos que nos vieron se burlaron de nosotros pero los ignoré y me armé de valor, justo como lo había hecho Alexis cuando me contó su secreto.

–Alex, lamento haber actuado como lo hice. Aun no entiendo muy bien lo de ser intersexual, pero eres mi amigo y eso es lo que importa. Así que te pido paciencia para que pueda comprenderlo. – Una enorme sonrisa recorrió el rostro de Alexis y me abrazó con fuerza.

–¿Entonces eres mi amigo de nuevo? – Él se separó de mí y yo le dije con una sonrisa igual de grande que la suya:

–Nunca dejé de serlo. – Ambos reímos y fuimos a su casa para festejar. Tal vez Alexis no era chico, o tampoco era chica; pero él era el mejor amigo que yo hubiera podido pedir.

Cuento: Las novias se regalan dulces

Cuento: Las novias se regalan dulces

Autora: Nahani I. Nuñez

Fecha de publicación original: 11 de septiembre 2014

*Publicado con autorización de la autora

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Cuando mis padres decidieron mudarse a la calle Coloma yo era muy pequeña: no tendría más de 7 años. La gente suele decir que, cuando se mudan de casa, les provocan cierto dolor personas y recuerdos que se quedan atrás; yo no puedo decir lo mismo porque, amén de la temprana edad que tenía cuando nos mudamos, mi temperamento suele ser un tanto desapegado. Lejos de sentirme incómoda por mi forma de ser me enorgullece, pues siento que ese desapego está impregnado en mi filosofía de vida y suelo despojarme de ideas y prejuicios tan pronto dejan de serme útiles. Me adapto fácilmente a un entorno nuevo. Por eso, cuando nos cambiamos de casa, no extrañé ni a vecinos ni al lugar en el que antes vivía, ni siquiera extrañé a mis compañeros de escuela con los que solía jugar por las tardes; para mí simplemente se abría un nuevo mundo y estaba dispuesta a disfrutarlo.

 Enfrente de nuestra nueva casa vivía una madre soltera con una niña que tenía, más o menos, mi edad. La ventana de mi cuarto daba a la calle y, cada día, al atardecer, la madre y la hijita salían a comprar su merienda; yo lo sabía porque solía verlas cargadas de leche, pan y dulces envueltos en una bolsa de papel marrón, unos dulces color café con centros blancos. Desde la primera vez que los vi a mí se me antojaron mucho, así que pronto yo también quise comer dulces de esos a la caída de la tarde. A fuerza de observar a la madre y a la niña descubrí que compraban sus víveres en una tienda que se encontraba un poco más adelante en la misma calle. Un día, en la cena, le comenté a mamá sobre esos dulces y ella  prometió  llevarme al día siguiente a comprarlos, pero pasaban los días y mamá no parecía acordarse de su promesa, así que decidí que en cuanto juntase una cantidad significativa de dinero yo misma iría a por ellos.

 Fue una tarde de junio cuando decidí que tenía el dinero suficiente para comprar muchos dulces y, aprovechando que papá llegaría noche y que mamá se encontraba en casa de una amiga, decidí salir de contrabando de mi casa; llevé el duplicado de la llave de la puerta de entrada que mamá guardaba en un cajón y me encaminé calle arriba decidida a encontrar la tienda  en la cual aquella madre y su hijita compraban su cena. No tardé e encontrarla y, pensando en cómo preguntaría por los dulces, me metí sin apenas darme cuenta de lo que hacía.

 Me sorprendí gratamente al descubrir que las vecinas de enfrente se encontraban justamente comprando los víveres para su merienda; así, pensaba, sería más fácil saber cómo se llamaban aquellos dulces que tantas tardes había deseado.  Cuando, por fin, la señora hubo pedido la leche y elegido el pan, la escuché decir: “y deme veinte dulces de leche”. Sin esperar nada, yo también dije, gritando: “¡deme veinte a mí también!” Entonces, el tendero me lanzó una mirada de tristeza y dijo: “lo siento, nena, veinte son los únicos que me quedan y la señora pidió primero”. Sin saber qué hacer, entre humillada y confundida, me limitaba a pasear mi mirada del tendero a la señora y de la señora al tendero como si esperase que alguien me diese una solución que, a  todas luces, no tenía. Entonces, la niña que acompañaba a la señora y que había permanecido en absoluto silencio desde que yo entrara abrió su boca y dijo: “mamá, ¿no podríamos repartirnos la mitad?” Y esa tarde ambas comimos dulces de  leche.

 A partir de entonces Claudia –que ese era el nombre de la niña- y yo fuimos amigas; poco después supe que ella estaba en el mismo colegio al que yo me acababa de cambiar y, entonces, al terminar las clases también regresábamos juntas a casa. Durante las vacaciones pasábamos noches una en casa de la otra y armábamos casitas o vestíamos muñecas de papel, a veces nos inventábamos historias sobre princesas y duendes malos. Cuando su mamá la llevaba a pasear al campo yo era invitada también  y siempre, antes de volver a casa, asábamos bombones en una fogata. Los ojos de Claudia, que al inicio me habían parecido solitarios y tristes, cobraban cierta vivacidad cuando estábamos juntas, aunque algo muy dentro de ellos me hacía pensar que había aún una cosa que no conocía todavía de ella, una cosa importante, secreta, oculta en una honda cueva como aquella de dónde salían los duendes malos de nuestras historias; pero, con el paso de los días me fui acostumbrando a esa alegría rodeada de misterio, a esa pregunta y a ese secreto que parecía vivir en el fondo de sus ojos negros. Hasta que una noche de lluvia, de esas noches que invitan a no asomarse siquiera al exterior, decidí que sería un buen momento para contarle una historia de terror. Le conté acerca de una cabaña abandonada en el fondo del bosque que tenía las paredes y los pisos manchados con sangre y en la cual habían matado a una niña que ahora vagaba en la oscuridad buscando a su asesino. Claudia se espantó muchísimo y, cuando nos acostamos para dormir, me abrazaba fuertemente rogando que no me durmiera todavía. Compadecida y un tanto divertida por su actitud la obedecí y le dije que no me dormiría hasta que ella lo hiciera. Los ojos negros y profundos de Claudia se cerraron mientras sus brazos no dejaban de apretarme. Cuando al fin su respiración se hizo pausada y, creyéndola profundamente dormida, cerré los ojos para descansar también, ella dijo de pronto  lo que esperaba oírle decir desde hacía tanto tiempo: “Tengo algo que decirte. Es un secreto”. Sorprendida volví a abrir los ojos y le pregunté: “¿y qué es?” “Es un secreto”, respondió; “te lo diré sólo si prometes que no se lo dirás a nadie.” “Eres mi amiga”, dije, “¡cómo voy a revelar un secreto tuyo!” “No es suficiente”, dijo, “las amigas se traicionan.” “Entonces seré tu novia; las novias no van por ahí revelando secretos”, le dije. Ella sonrió; su mirada, hasta entonces baja y confundida, se clavó suavemente en la mía y sus ojos brillaron. “¿De verdad? ¿Y nos casaremos algún día?” “Nos casaremos”, dije muy segura; “las novias siempre terminan casándose.” “Pero no podré tener hijos”, dijo un poco angustiada. “No importa; te querré igual”, le respondí. “Está bien. Tengo una parte de niño en mi cuerpo.” No comprendí y la miré ladeando un poco la cabeza. “Pero si te enseño ya no querrás ser mi novia”, dijo mientras apretaba la falda de su camisón. La vi tan angustiada y tan vulnerable que no se me ocurrió otra cosa más que decirle: “te he dado mi palabra; hasta te he dicho que nos casaríamos.” Ella, sin mirarme, se bajó la ropa interior y alzó su falda; en medio de sus piernas había un botoncito rosa muy pequeño. “Me parece lindo”, dije sinceramente. “¿Por qué lo tienes así?” “Porque nací con esa parte de niño, aunque soy niña. Mi mami dice que Dios se confundió cuando me estaba armando.” Sonreí mientras ella se acomodaba su ropa y se acostaba a mi lado. “No creo”, le dije, “Dios es perfecto y él nunca se equivoca.”

 Saber el secreto de Claudia y habernos hecho novias no cambió en nada nuestra relación; seguíamos viéndonos y jugando como antes, aunque a veces íbamos al parque y yo me columpiaba muy fuerte o me lanzaba desde la resbaladilla grande para que ella me viera. “¡Wow!”, exclamaba mientras se tapaba la boca con las manos, “¿no te da miedo?” “No”, le respondía, “después de todo soy tu novia y las novias nunca tienen miedo.” Entonces ella sonreía y me besaba las mejillas. “Las novias también se besan”, decía.

 Una tarde, antes de que se ocultase el sol, me asomé por mi ventana y recordé la primera vez que vi a Claudia salir con su mamá a comprar la merienda. En aquel entonces no la conocía y nunca hubiera imaginado que aquella niña que tomaba la mano de su mamá, tan lejana e insegura a un mismo tiempo, escondiera un secreto debajo de su vestido. En realidad el secreto no me incomodaba e incluso, al recordarlo, había algo dentro de mí que avivaba mi cariño hacia Claudia. Ahora estaba comprometida con ella; era mi novia y nos casaríamos cuando fuéramos  grandes. Sintiéndome, de pronto, madura y distinta, me separé de la ventana bruscamente y bajé corriendo las escaleras hasta llegar a la calle. El aire del atardecer era cálido y limpio. Crucé hasta quedar enfrente de la puerta de la casa de Claudia y llamé. Ella abrió. Sin decirle nada la tomé de la mano y la arrastré calle arriba hasta la tienda en donde ella y su mamá compraban  su merienda. El tendero, al  vernos, sonrió y dijo: “¿Tan solitas y tan temprano, amiguitas?” “Sí”, le respondí, “véndame veinte dulces de leche.” El, sin dejar de sonreír, los envolvió en su bolsa de papel y recibió el dinero. Salí con la bolsa en una mano y Claudia en la otra. “¿A dónde vamos?”, preguntó. “Voy a dejarte a tu casa.” Llegamos a la puerta de su casa que se había quedado abierta y ella la empujó, metiéndose. “¿Quieres pasar?”, me preguntó asomándose desde adentro. “No”, le dije y le extendí la bolsa de dulces que acababa de comprar. “Estos son tuyos. Piensa en mí cuando los estés comiendo.” Ella pareció un poco desconcertada al escuchar eso. “¿Por qué me das todos?”, preguntó, “¿no quieres la mitad?” “¡Claro que no!”, le respondí, “desde ahora yo te compraré todos los dulces que quieras. Son tuyos. Recuerda que somos novias y las novias  se recogen y se dejan en sus casas, y siempre se regalan dulces.” Claudia sonrió. En ese momento el sol escondía la mitad de su circunferencia en la línea del Poniente.

Correo electrónico autora: serkinkuni@hotmail.com

Página de Facebook de la autora: https://www.facebook.com/nahani.nunez?fref=ts

Fuente: https://www.facebook.com/notes/nahani-n%C3%BA%C3%B1ez/las-novias-se-regalan-dulces-nahani-itzell-n%C3%BA%C3%B1ez-salazar-publicado-originalmente/1418423791801781?pnref=story

Cuento: Orquídeas

Cuento: Orquídeas

Autora: Nahani I. Nuñez

Fecha de publicación original: 11 de septiembre 2014

*Publicado con autorización de la autora

 Orquideas N

Belleza orquídea,

inusual estética

de rostro humano.

Los rayos del sol, al amanecer, tenían magia: dotaban al mundo de tintes increíblemente complejos y hermosos. El lugar en donde vivía Eris tenía lo que pocos lugares en la actualidad tienen: campos llenos de flores y luz, mucha luz. Las formaciones montañosas que rodeaban el valle cobijaban también muchas variedades de flores. El lugar era casa de floricultores entre las que se encontraban experimentados personajes como el señor Gallarín, quien producía las mejores rosas de la región, o la familia Escarmís, que era la responsable de las hermosas y enormes violetas africanas que florecían en los jardines del Parlamento; se cultivaban la Fresia y la Petunia, las graciosas Margaritas Inglesas y los intelectuales Pensamientos; y, en medio de todo este paisaje multicolor que día con día el sol descubría cual si fuese un enorme vitral, la familia de Eris se dedicaba a cultivar algo más humilde, pero no por ello menos complejo y maravilloso: el padre de Eris cultivaba Orquídeas. Desde muy pequeña, Eris sintió una fascinación especial por estas flores, su simetría que no perdía sino que acentuaba sus caprichosas formas era, a su juicio, el atractivo más fuerte que tenían; después venía la enorme variedad de ellas, tan enorme que ella no dudaba que fuera infinita, esa creencia se acentuó cuando su padre le explicó acerca de la polinización y de los “híbridos”: “se pueden polinizar tantas flores como quieras siempre que sean del mismo género o subtipo y, si eres inteligente y sabes unir las especies justas, podrás crear una nueva, hermosa y sorprendente Orquídea a la que podrás poner tu nombre”, solía decirle. Él, gran estudioso autodidacta  de la genética, pasaba muchas de sus noches haciendo cálculos y esquemas y muchos de sus días polinizando y vigilando a sus flores. “Es algo complicado y tardado”, decía, “pero uno se siente tan satisfecho por descubrir ese algo de Dios que todos tenemos y que nos está tan oculto.” Para él cada flor que abría sus pétalos al sol era una auténtica revelación.

 Influida por las largas disertaciones que hacía su padre acerca de sus flores, Eris aprendió más y más acerca de ellas, incluso hizo su propio  “jardín” en medio del bosque que se alzaba más allá de la colina, pero careciendo del interés que poseía su padre por la genética observaba a las Orquídeas con ojos más poéticos que evocaban el amor. Ella las llamaba “flores espejo”, pues se había dado cuenta de que, si uno partía por la mitad una de esas flores, se encontraría con dos partes simétricamente iguales. “Es como el rostro de las personas”, le decía a su papá, pero el papá hacía un gesto desdeñoso y decía: “ninguna persona podrá ser tan perfecta como una Orquídea.” Aún así algo dentro de ella insistía en que su padre estaba equivocado. “¿Cómo sería una persona Orquídea?”, se preguntaba; y estaba segura de que un día encontraría una persona que tendría tanto que mostrarle de sí misma, exactamente como un espejo. A esos nombres latinos tan complicados que mencionaba su padre ella, observando, los cambiaba por otros nuevos, por ejemplo: a la que su padre llamaba “Cypripedium Drapeanum” ella le decía “morralito”, pues la forma de sus flores parecía, en efecto, un pequeño morral o monedero; a la que se llamaba “Phalaenopsis”, ella le decía “palomita”, pues sus pétalos parecían formar una paloma con amplias alas y diminuto pico; había algunas que parecían pequeñas bailarinas o seres humanos auténticos. A Eris le fascinaba la cantidad de formas que podía encontrar en una sola flor, y con entusiasmo, se dedicaba al cultivo al lado de su padre; con él las cuidaba, las cubría y las regaba siempre que fuera necesario. Después de un día de trabajo solía ir a visitar su “jardín” en el fondo del bosque más allá de la colina, y ahí pasaba largas horas soñando despierta. Así creció Eris entre campos coloridos y la imaginación, floreciente en cada Orquídea, de su padre.

Una mañana de otoño, cuando la luz primigenia del día descubría los colores del valle rodeado por montañas, Eris vio a una persona desconocida paseando entre las flores; curiosa, camino por el campo de Orquídeas de su padre para preguntarle a aquel desconocido el motivo de su visita. Lo primero que notó fue que esa persona no parecía ni hombre ni mujer, su apariencia era muy particular y, aunque llevaba ropa un tanto masculina, algo en ella no la ubicaba en ningún sexo concreto. Sin detenerse a pensar demasiado en ello, Eris la saludó:

-¡Hola! ¿Necesitas algo?

 La persona, que se encontraba distraída mirando las flores, giró la cabeza hacia Eris y, sonriendo, respondió:

-¡Hola! Disculpa, vengo de la Capital, soy estudiante de horticultura. Busco al señor Gallarín.

-Camina más al Sur –le indicó Eris- y, dos casas más allá, atravesando esos campos, encontrarás su casa. Es inconfundible: la entrada está adornada por rosas bicolores.

 El rostro del visitante se iluminó.

-¡Muchas gracias! –respondió sonriendo, hizo una leve inclinación y siguió andando hacia donde Eris le había indicado.

 Eris se quedó ahí sin poder moverse. La vista de aquella persona la había fascinado por completo. ¿Quién era? ¿Qué era? Veía claramente su cabello claro, lacio y corto caerle sobre la cara y ondear al viento, sus pasos eran decididos pero relajados y esos hombros que sostenían una mochila de viaje eran magníficos, la sonrisa franca y alegre, la nariz recta y fina, femenina, y los ojos, esos ojos tan cálidos y distantes. “Si le miras la cara es una chica”, pensó Eris, “pero si lo ves de espaldas se convierte en chico.” Y, sin poder separar la vista del visitante, lo siguió con la mirada hasta que éste desapareció por la vereda.

 Pasaron los días y Eris no vio de nuevo a aquella persona; nadie parecía haberla visto, ni la familia Gallarín comentaba nada.  Eris, al inicio alerta por si escuchaba algo que pudiera indicarle quién había sido aquel visitante, terminó por pensar que no sería sino otro visitante interesado en los métodos del señor Gallarín, visitantes muy comunes que iban a menudo y no volvían más, y comenzó a sumergirse nuevamente en sus fantasías. El rostro de aquella persona tan curiosa volvía de pronto a su mente y a veces, cuando caía la tarde y ella volvía de su jardín en el bosque, miraba la vereda que llevaba a la casa del señor Gallarín y recordaba, suspirando, la hermosa sonrisa ambigua de aquel extraño. Cierta noche, entre el azul rey del cielo y el naciente fulgor de las estrellas,  mientras Eris se dirigía, a través del campo, a su casa, se escucharon pasos apresurados en la vereda que conducía a la casa del Señor Gallarín. En la hermosa transparencia zafirina del cielo se percibió una silueta de la que salió una voz que Eris reconoció al instante:

-¡Buenas noches! ¿Te interrumpo en algo?

 Eris miró sorprendida hacia donde se encontraba la silueta y su corazón dio un vuelco  al reconocer en ella al extraño visitante.

 -¡Hola! -dijo sonriendo- ¿Qué tal te ha ido? ¿Encontraste al señor Gallarín?

-Si -dijo la silueta acercándose-. Muchas gracias por indicarme el camino. Estaba perdida.  “¡Ah! Entonces se trata de una chica”, pensó Eris, y atravesó el campo para acercarse a la visitante.

-Mi alegra –dijo-; no pensé que te quedarías en este lugar.

-¡Este lugar es hermoso! –Dijo la chica, con esa luminosa y ambigua sonrisa que tanto había impresionado a Eris-  He estado en casa de los Gallarín y, como tienen mucho material interesante, no había tenido tiempo de salir al campo para agradecerte lo amable que fuiste conmigo; pero mira: ahora que pude salir quise venir a darte las gracias.

 Eris se sonrojó tanto y tan inexplicablemente que se alegró de que ya estuviera oscureciendo.

 -Me quedaré por un tiempo –continuó la visitante- ya que en señor Gallarín está muy interesado en que sus descubrimientos lleguen a la Capital y ha prometido enseñarme su nueva técnica de enjertación.

-Te pondrá a trabajar un montón –dijo Eris divertida-; es un hombre muy exigente. ¿Vienes de la Capital, entonces? –añadió sin saber qué más decir.

-Sí, desde niña me ha apasionado mucho la horticultura, pero ahora me he interesado por la floricultura y, de ésta, el cultivo y la variación de Rosas me ha llamado mucho la atención. La Rosa es una de las flores más antiguas: datan del Cretácico y, por ello, representan el símbolo universal del amor duradero.

 El corazón de Eris latía muy aprisa ahora que se encontraba frente a frente con aquella persona que, a pesar de ser mujer, era un poco más alta que ella y tenía una fuerte presencia.

 -¿En qué años  se ubica el Cretácico? –preguntó.

-Hummm…estamos hablando de unos 145 millones de años, aproximadamente. -Respondió la visitante pensativa.

-¡145 millones de años! –Se sorprendió Eris- Es más antigua que la Orquídea.

 -¿Tú cultivas Orquídeas? –preguntó, sorprendida, la visitante. La oscuridad era cada vez más densa.

-Si –respondió Eris-; son flores muy hermosas, pero más modernas, se cree que datan de hace 15 millones de años, aunque algunos piensan que podrían tener hasta 120 millones.

 -¿Te parecen hermosas? –preguntó, con un tono extraño, la visitante ignorando las cifras.

 -¡Claro!

 Ambas quedaron en silencio. Las estrellas comenzaban a brillar intensamente.

 -Debo irme –dijo Eris.

-Sí; yo debo regresar a casa de los Gallarín también. ¿Quieres que te acompañe a tu casa? –preguntó la visitante con un tono cortés, pero tan tímido que Eris se sorprendió y sintió ternura, pues no lo hubiese creído posible en una persona como ella.

 -No te apures, mi casa está muy cerca. Mejor ve con Gallarín, ese camino sí que es un poco largo.

 -Es verdad…oye –dijo la visitante con cierta vacilación- ¿puedo volver mañana?

 -¡Por supuesto que sí! –respondió Eris más enternecida todavía por la cortesía con que se manejaba la muchacha- siempre estoy aquí al caer la tarde – dijo, omitiendo de propósito que a veces iba a visitar su jardín en el bosque, pues lo consideraba un secreto muy suyo.

 La otra chica lanzó un pequeño suspiro.

 -Entonces ¡hasta mañana!

 -¡Hasta mañana!

 Y la visitante se alejó corriendo a través del campo de flores; daba la impresión de  querer penetrar, con sus pasos, la densa negrura. Luego, cuando ya se encontró sobre el camino y el cuarto creciente iluminaba pálidamente la tierra, se volvió y gritó:

 -Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

 -Eris –respondió Eris que no había apartado la vista de la chica-. ¿Y el tuyo?

 -Aura; me llamo Aura. ¡Buenas noches, Eris!

 -¡Buenas noches, Aura!

 Y Aura desapareció debajo del cielo cuajado de estrellas.

Los días siguientes Aura y Eris se veían a la caída de la tarde. Aura le comentaba acerca de sus estudios con el señor Gallarín y Eris le platicaba sobre las orquídeas, el trabajo de su padre y los nuevos nombres que ella había dado a cada especie de Orquídea; entonces, Aura miraba detenidamente y encontraba las formas que Eris le indicaba. A veces no hablaban de flores, a veces y si no era muy tarde, bajaban al lecho del río y, sentadas en la hierba, Aura le platicaba acerca de la Capital y de sus estudios, de vez en cuando Eris se enteraba un poco sobre su familia.

 -No los veo mucho –decía Aura-, pero nos escribimos constantemente. Tengo un hermano que estudia música en Italia y, frecuentemente, manda dibujos de los lugares que más le gustan. Le entusiasma mucho estar allá y sus cartas están llenas de las cosas que hace y los lugares que visita.

 Y, a pesar de platicar tanto, Eris tenía la impresión de que apenas sabía nada sobre Aura.

 Cuando el señor Gallarín llenaba de trabajo a Aura entonces no se veían. En esos días Eris pasaba más tiempo en su jardín del bosque sentada en medio de sus flores, sintiéndose extrañamente sola y pensando, sin apenas darse cuenta, tiernamente en Aura. Le gustaba mucho su sonrisa y la manera en que se movía su cabello, le gustaban sus manos algo gruesas pero femeninas y el tono de su voz un poco más grave de lo normal. “¿Por qué pienso en ella como si estuviese enamorada?”, se preguntaba, “Después de todo es sólo una chica como yo.” Y, diciendo esto, concentraba su mirada en una flor o  regresaba al campo para mirar su reflejo huidizo en las aguas del río.

 Aura, por su parte, se embebía en sus estudios, pero, frecuentemente, se descubría pensando en Eris, en que quería verla de nuevo.  A pesar de pasar de ser una persona solitaria Eris la hacía sentirse extrañamente cómoda, como si ya la conociera desde hacía mucho tiempo.

 Un día Eris decidió hacer un paseo por el boque con Aura. Era un bosque pequeño que se alzaba al pie de una montaña; como había muy poco trabajo en el campo salieron temprano y, mientras caminaban tranquilamente, comentaban y miraban los hermosos campos vecinos; a veces  llegaban a divisar algunas parvadas de aves que cruzaban en cielo, o mariposas de majestuoso colorido, llegaban a sorprender animales pequeños escondidos entre los arbustos o corriendo hacia sus madrigueras: “¡Mira, Aura, qué bellos gorriones!” ¡”Qué bellos azulejos!” “¡Un Zanate!” “¡Mira, una ardilla! Papá odia las ardillas porque dice que estropean los bulbos!” “Mira un Tejón!” “¡Una liebre! Eso quiere decir que ya estamos cerca del bosque.” Eris indicaba, emocionada, cada animalito o curiosidad que pensaba que pudiera interesar a Aura; y, ésta, sin decir nada, caminaba tranquila, mirando con ojos sonrientes a Eris. Cuando llegaron al bosque ya pasaba del mediodía y ambas estaban cansadas y acaloradas. Aura había llevado consigo una pequeña cantimplora y, dejándola en el suelo, se sentó debajo de un árbol.

 -¡Qué raro! ¡Tengo una sed terrible! –se quejó Eris.

 -Eso es porque has venido hablando todo el camino –le respondió Aura, y le alargo la cantimplora llena de agua.

 -Pero, ¡a que no habías visto  nunca tantos animales como hoy! Ustedes los de la ciudad desconocen  muchas cosas del campo.

 -Es verdad, pero nosotros los de la ciudad sabemos que debemos llevar agua cuando vamos a caminar tanto como lo hemos hecho hoy nosotras, Eris –replicó  Aura sonriendo.

  -¡Es verdad! Y yo qué encontré tan ridículo eso de la cantimplora.

 -¿Me encontraste ridícula? –preguntó Aura.

 – ¡No! Sólo el hecho de llevar tanta agua para tan corto camino. En realidad tú te ves muy tierna. Eres casi como un muchacho –y, como reparando en lo que acababa de decir, sonrió tímidamente y tomó el recipiente que Aura le ofrecía.

 Aura se sonrojó y bajó la vista.

 -Discúlpame si he dicho algo malo –dijo Eris al ver la expresión de su amiga.

 -No, es sólo qué… -Aura se calló un momento-  a pesar de haberme hablado mucho sobre las Orquídeas nunca me has dicho por qué te gustan tanto  y me gustaría saberlo. ¿Para ti la Orquídea es una de las mejores flores?

 -¡No! –Respondió Eris con seguridad- Para mí la Orquídea es la mejor flor.

 -¿La mejor? ¿Incluso más que la Rosa?

 -Incluso más, aún más que esas maravillosas Rosas bicolores del señor Gallarín.

 Aura la miró sorprendida.

 -Y ¿puedo saber por qué? –preguntó.

Después de pensarlo un momento Eris dijo:

 -Es muy simple. Ven, quiero mostrarte algo- y, diciendo esto, tomó la mano de Aura y ambas se internaron un poco más en el bosque.

 Llegaron a un claro y Aura miró sorprendida a su alrededor.

 -¡Qué hermoso, Eris! Nunca pensé que algo tan bello se escondiera en las entrañas de un bosque.

 -Es mi jardín –dijo Eris sonriendo-. Lo he cultivado desde pequeña y poco a poco, siguiendo los consejos de papá.

 La luz del sol se colaba a través de las hojas y las ramas de los árboles y hacía el efecto de la luz que se cuela por la bóveda de una gran cúpula cristalina. Rodeaban al claro numerosos árboles de los cuales colgaba una enorme variedad de Orquídeas epífitas que daban la impresión de ser una magnífica cascada de flores. Al pie de los troncos había también muchas orquídeas sobre hojas muertas.

 -¿Y estas también son Orquídeas? –preguntó Aura.

 -Sí; aquí hay muchas variedades de Orquídeas que yo misma he plantado.

 -Es muy hermoso todo esto, Eris, pero aún no has respondido mi pregunta- dijo Aura con una expresión seria.

 -No hay nada más sencillo para mí que responderte –contestó Eris mirando a Aura a los ojos. Se acercó a una rama florida que colgaba de un árbol, la tomó y dijo-: sólo hace falta ver la estructura de estas flores. Cada una es distinta y, por lo mismo, es semejante en su variedad a sus hermanas. Su estructura, aunque no tiene nada de convencional, es perfecta: una maravilla geométrica, ya que la mitad de sus tépalos es exactamente igual a la otra mitad, como si reflejaras una de esas mitades en un espejo. La palabra Orquídea viene de “orchis” que en griego significa testículo, eso es por la forma que tienen sus bulbos; sin embargo, es una flor que exhala femineidad. Es tan ambigua, tan particular. Se camufla para ser polinizada y para polinizar; sus colores y su perfecta estructura  son un hermoso disfraz que engaña a los más aguzados insectos, y el disfraz mismo constituye su piel y esconde su verdad. Hay personas que creen que son muy exclusivas y que sólo se encuentran en lugares remotos porque desconocen a esta flor, así que piensan lo que la sociedad y el comercio les han hecho pensar, pero ignoran que crecen en casi cualquier clima y en cualquier terreno, que muchas de ellas cuelgan de árboles o nacen en lechos de hojas secas además de en la tierra, como cualquier flor. Para otros la Orquídea es algo sin gracia, un error natural con pétalos deformes, pero no saben cuán cerca están de ellas, no saben que las comen, que es una flor muy común y corriente que puede estar en cualquier lado. Aún con todo no podrías confundir nunca una Orquídea como sea que se camufle ni aunque se esconda entre muchas otras flores.

 Aura la escuchaba emocionada.

 -¡Es maravillosa la forma en la que piensas! –le dijo, boquiabierta, a Eris.

 -En la naturaleza no hay errores; aún la hibridación de las flores ocurre de forma natural entre las Orquídeas. Todo es maravilloso Aura: la salud, la enfermedad… todo tiene forma geométrica perfecta. ¿Alguna vez has partido una col por la mitad?

 -Eris –dijo Aura sin poderse contener -, estoy enamorada de ti.

 Eris la miró con ojos brillantes. Una sonrisa asomó inconscientemente a su rostro.

 -Yo también estoy enamorada de ti, Aura. A pesar de que siento que no sé muchas cosas de ti aún, sé que hay algo en ti que he esperado por tanto tiempo, algo en ti que quiere ser descubierto. Desde la primera vez que te vi tu figura me atrajo poderosamente.

 Ambas se acercaron la una a la otra.

 -No sé exactamente por qué pienso esto; pero creo que tú eres como una Orquídea.

 -¿Por qué? –preguntó Aura sin dejar de mirarla.

 -Porque eres tan diferente a todos los demás. No pareces completamente una chica, pero tampoco pareces un chico.

 -En realidad no soy ni lo uno ni lo otro. ¿Cuál es la Orquídea que te gusta más?

 -La Vainilla –dijo Eris y cortó una hermosa flor amarilla que colgaba de la rama de un árbol -.Son flores hermosas que sólo duran un día si no son polinizadas.

 -Tienen algo del amor –dijo Aura.

 -Entonces, si no eres una chica ni un chico, ¿qué eres? –preguntó Eris mientras colocaba la flor de Vainilla en el pecho de Aura y una fragancia muy suave y dulce perfumaba el ambiente.

 Sus miradas se encontraron; algo  muy profundo dentro de sus almas se reflejó en los ojos de ambas. Eran dos seres que se reconocían.

 -Soy una Orquídea –y, al decir esto, Aura atrajo a sí a Eris y la besó en los labios. El beso produjo en Eris la suave sensación de  una espera que terminaba y  de un tranquilo sueño que acababa de comenzar.

Correo electrónico autora: serkinkuni@hotmail.com

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Fuente: https://www.facebook.com/notes/nahani-n%C3%BA%C3%B1ez/orqu%C3%ADdeas-nahani-itzell-n%C3%BA%C3%B1ez-salazar-publicado-originalmente-en-bi/1418431191801041?pnref=story

LIRA Y EL SISTEMA DE CRONQUIST. Por Frida Flores (activista intersexual)

LIRA Y EL SISTEMA DE CRONQUIST

Por Frida Flores (activista intersexual)

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Como siempre, Lira estaba deprimida, no soportaba las miradas de los demás, odiaba todo, odiaba su vida y se odiaba a sí misma. Era una persona diferente, tenía un rostro suave y fino con cejas pobladas y barba cada vez más oscura y gruesa; tenía unos senos voluptuosos, hombros anchos, brazos fuertes y caderas estrechas. Lira era intersexual, siempre sola, bajo las miradas de la gente, deseaba ser como los demás, ser normal, ser feliz. Sentada en el parque, bajo la sombra de un árbol, sola y aburrida, se perdió en sus pensamientos hasta que hoyó la voz de una chica que le decía:

—    Hola, ¿me puedo sentar junto a ti?
—    Claro — respondió Lira.
—    Me llamo Jane, ¿y tú?
—    Me llamo Lira — dijo un poco apenada.
—    Qué bonito nombre, y… ¿Por qué estás tan sola?
—    Amm… porque me gusta.
—    Hmm… pues a partir de ahora ya no te gustará, ven conmigo — dijo Jane, tomándole de la mano — te llevaré a mi lugar favorito, espero y te guste.

Jane la llevó a un jardín muy grande, con árboles frondosos y todo tipo de plantas y flores, era un lugar muy hermoso y tranquilo. Lira estaba impresionada, nunca había visto algo así.

—    Es espléndido,  ¿es tu jardín?
—     No, es el hogar de una gran amiga, es mi lugar favorito. Siempre vengo aquí cuando estoy triste, este lugar me anima y me hace sentir en paz.
—    Entiendo, es tan radiante, tan vivo, me hace sentir tranquila.
Jane continuó mostrándole el jardín a Lira mientras conversaban.
—    Sabes, te he observado desde hace unos días — dijo Jane — te he visto muy triste y he notado que eres distinta a los demás.
—    Sí, lo sé, soy rara.
—    ¿Por qué dices eso?
—    Porque es la verdad — respondió Lira — soy muy diferente, no soy como tú ni como los demás, no soy hombre, y tampoco mujer, soy intersexual.
Jane sonrió dulcemente, le cogió las manos y expresó:
—    Yo también estaba deprimida, seguramente he pasado por algunas situaciones parecidas a las tuyas, pero las he superado. Genéticamente soy hombre, pero físicamente soy mujer.
Lira quedó sorprendida, no sabía qué decir.
—    Continuemos, quiero presentarte a mi amiga.

Continuaron caminando y apreciando las hermosas plantas que adornaban el jardín hasta que llegaron a un punto donde sólo había orquídeas, florecían en torno a una bella y blanca flor en cuyo interior se escondía un ave exquisitamente tallada, una espléndida creación de la naturaleza.

—    Es impresionante — observó Lira con una sonrisa.
—    Es una orquídea espíritu santo, ella es mi amiga, su nombre es Rea.
—    ¿Es en serio? Es sólo una flor, las flores no…
—    Es porque no soy un flor común y corriente, soy especial, soy diferente — intervino una voz que provenía de la flor — soy una orquídea mágica, ¿en qué puedo ayudarte?
—    Hola Rea, ella es Lira, es intersexual y no está bien con ello, está decaída.
—    Hola Lira, ¿puedo saber por qué tanta tristeza?
—    Hola, mmm, pues, no sé cómo debería sentirme. Soy anormal, soy distinta, la gente me mira mal, los médicos siempre me han dicho que soy anormal, mi familia no me acepta del todo, ¿cómo he de ser feliz así?
—    Entiendo lo que sientes — comentó Jane — yo también me sentía así, pero todo eso cambió gracias a Rea.
—    ¿Puedes convertirme en una persona normal? es mi mayor anhelo.
—    Lira, — dijo Jane — no eres anormal, sólo eres diferente, somos diferentes, pero eso no importa.
—    Así es — intervino Rea — ser diferente no te hace anormal, muchas personas desearían ser como tú, eres especial y no eres la única así, hay muchas más personas. Lira, en el mundo hay de todo y siempre hay prejuicios, no te preocupes por cómo te ve la gente ni por lo que piensen de ti, que no te importen las opiniones de los médicos, eres tan normal como el resto de las personas.
—    Claro, “la normalidad en la naturaleza es la diversidad”. Eres perfecta como eres, así que anímate, sonríe y siéntete afortunada, eres hermosa y especial, nunca lo olvides.
—    Gracias, ahora comprendo — dijo Lira — para que otros me acepten, primero debo aceptarme a mí misma. A partir de ahora ignoraré las miradas de la gente y sonreiré sin importar lo que piensen de mí.

Y a partir de entonces, con ayuda de sus amigas, Lira cambió su visión de sí misma y comenzó a amarse sin importar las adversidades que se le presentasen en la vida, levantándose con determinación en cada tropiezo y ayudando a otros a no sentirse defectuosos.