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Aceptándome a mí misma como una mujer intersexual. Por Jackie Green (InterACT)

Aceptándome a mí misma como una mujer intersexual

Por Jackie Green (InterACT)

Traducción: Laura Inter del texto “Accepting Myself as an Intersex Woman” de Jackie Green

Fuente: http://interactadvocates.org/accepting-myself-as-an-intersex-woman/

jackie green

Mi nombre es Jackie Green y, hasta donde puedo recordar, mi mayor temor en la vida era que alguien descubriera que tengo cromosomas XY – un hecho acerca de mí que no puedes ver, sentir, o percibir de ninguna manera. Sin embargo, aún tengo miedo de lo que otros pudieran pensar si supieran.

Nací con Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos Completo. Al igual que muchos individuos con mi variación intersexual, me dijeron que lo mejor era mantener el “secreto”. Las personas no entenderían; podría ser juzgada, o algo peor, si se llegaran a enterar de mi diagnóstico. Más de un doctor, a través de los años, me dijo que nunca habían conocido a alguien como yo, y que era probable que yo tampoco conociera a alguien como yo.

Eso era algo totalmente alejado de la verdad. A medida que crecí, descubrí grupos en línea como el Grupo de Apoyo AIS-DSD, y por supuesto a InterACT. Mentiría si dijera que acepté que era intersexual de manera inmediata. De hecho, fue lo contrario.

Me sentía enojada con otras mujeres con mi variación: “¡¿Por qué dices que eres intersexual?!” pensaba, “¡¿No puedes simplemente decir que eres una mujer?!” Tenía miedo; tenía miedo de que la manera en que se definían me reflejara, y que reflejara quien era.

No fue hasta que conocí a Emily Quinn, quien también es una orgullosa mujer intersexual que trabaja en interACT, que entendí: esto no es problema de ellxs, es mío. Ella me explicó lo que significa intersexual. No significa que yo no sea una mujer, simplemente significa que nací con características sexuales que no coinciden con lo que la sociedad dice que hace a una mujer.

Empecé a pensar en mi vida, en toda la vergüenza que sentía de mi misma, todo el miedo que sentía de que alguien pudiera descubrir la verdad, y lo peor: todas las mentiras que dije acerca del porqué tuve que ser sometida a una cirugía a los 15 años, y porqué tomaba hormonas diariamente después de esa cirugía. Me di cuenta que hay otrxs niñxs que nacieron como yo, y que están asustadxs y piensan que necesitan mentir acerca de quiénes son – como si algo estuviera mal con ellxs. No hay nada malo con ellxs, y quiero que todas las personas que nacieron intersexuales sepan que: ¡no hay nada malo contigo!

¡Ahora estoy felizmente casada! Tengo una hija, mi hermana se embarazó por mí usando los óvulos de un donante y el esperma de mi esposo. Lo mejor de todo es que acepto quien soy y estoy orgullosa de ser diferente, y de ser parte del 2% de las personas intersexuales del mundo. Soy la actual Ms Michigan US Continental 2017, y estoy utilizando este título para promover que: “Soy una del 2%: Defiende a la juventud intersexual”.

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Mi cuerpo intersexual, mis pechos y yo. Por Arisleyda Dilone

Mi cuerpo intersexual, mis pechos y yo

Por Arisleyda Dilone

Traducción: Laura Inder del texto “Growing Up Intersex, All I Wanted Were Breasts — But I Don’t Know If I Want Them Anymore” de Arisleyda Dilone

Fuente: https://www.buzzfeed.com/arisleydadilone/my-intersex-body-my-breasts-and-me

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Anna Salmi para BuzzFeed News

Al crecer siendo intersexual, todo lo que quería era tener pechos – Pero ahora, no se si los sigo queriendo

Al crecer, estaba obsesionada con los pechos que nunca desarrollé. Después de ponerme implantes hace más de una década, ahora estoy decidiendo si me los quito o no – y estoy explorando mi relación con el género, con mi cuerpo, y con la mujer en mi ultra femenina familia dominicana.

Cuando era una pequeña niña, una de mis hermanas mayores comenzó con su periodo menstrual. Nana tenía 11 años, alrededor de un año mayor que yo. Cuando Nana y nuestra otra hermana, Rosa, se encerraban en el baño, yo golpeaba la puerta demandando saber lo que estaba sucediendo. Rosa abría la puerta y orgullosamente anunciaba: “Ahora Nana es una mujer”. Me enseñó la ropa interior y el baño olía algo mal. Pensé que toda esa situación era repugnante y me alejé sacudiendo mi cabeza, y diciéndome a mí misma: Eso definitivamente no me sucederá a mí. Y nunca me sucedió.

***

No fue hasta el primer año de la secundaria, que se hizo claro que los indicadores biológicos del desarrollo femenino, me habían eludido por completo. Ninguna de mis compañeras parecía darse cuenta, o importarle, si tenía pechos o no. Para ellas, era una persona extrovertida, bobalicona, franca, y que amaba el basketball. Pero para mi familia, era una solitaria, una “Marimacha” con un fuerte amor por Los Simpson y por los deportes.

Cuando era adolescente, mi rol de género tenía muy poco que ver con mi cuerpo intersexual – estaba más ligado a mi situación general, así como a mi relación con mi familia y sus expectativas sobre de mí. Algunas veces (aunque casi nunca), felizmente usaba un vestido con volantes, zapatos brillantes y alaciaba mi cabello. La feminidad y sus adornos, siempre fueron simplemente una opción para mí, algo que hacía solo cuando quería. En general, a su manera, mi familia aceptaba mi individualidad – todo mundo en mi familia es un personaje por su propio derecho. Pero un rasgo en particular era el pináculo de la feminidad y, por tanto, no era negociable: los pechos.

Creciendo en Long Island, estábamos mis dos hermanas mayores, una hermana menor, y dos hermanos menores. Soy la tercera de seis hijos. Nuestra madre trabajaba muchas horas y nuestro padre entraba y salía de nuestras vidas. Vivir de un día de pago a otro, significa que a menos que fuera una emergencia, mi madre no tenía tiempo libre para ir a visitas médicas. En mi primer año de secundaria, mi hermana mayor, Rosa, se había unido a la marina, y estaba viviendo en Japón. Ella era como una segunda madre para mis otros cuatro hermanos y para mí – y fue la que me compró mis primeros pechos falsos.

Un día Rosa llamó desde la base y tuvimos una conversación acerca de mi cuerpo. Tenía 17 años de edad y aún no desarrollaba pechos, ni había comenzado mi ciclo menstrual. Rosa pidió hablar con mamá: “Mami, usted tiene que llevar a Aris al doctor. Esto no está bien”, le dijo severamente. Un par de meses después, mi mamá y yo fuimos al ginecólogo. El doctor concluyó que mi retraso en la pubertad, pudiera ser hereditario – después de todo, mi madre no tuvo su periodo menstrual hasta que tenía 18 años. Nos aconsejó esperar otro año.

La menstruación de mi madre fue un gran punto de cambio en su vida. Mis padres y yo, somos de un pequeño pueblo en República Dominicana: electricidad esporádica, colinas verdes, valles secos, caminos de terracería, y una población de un par de cientos de personas. Mamá y papá se conocieron cuando eran adolescentes, mientras recogían agua de un pozo. A pesar de que querían huir tan pronto como fuera posible (es decir, casarse), esperaron hasta que mi madre se convirtió en mujer (es decir, comenzó con su ciclo menstrual). Justo después de que mi madre cumplió 18 años, comenzó su periodo menstrual, y aunque aún existían algunas objeciones de los miembros de la familia, ella y papá finalmente se fugaron.

Aunque la menstruación es claramente esencial para la procreación, los pechos grandes no lo son – y aun así representan un ideal femenino en mi familia. Al crecer, parecía que de lo único que podían hablar todas las mujeres de mi familia, era del tamaño de sus pechos. Su obsesión, hizo que quisiera tener pechos, de la misma manera que otrxs chicxs pudieran desear el carro o el bolso más grande.

Pero rápidamente, se hizo evidente para mí que esa obsesión con los pechos, iba más allá de mi familia dominicana-americana. Recuerdo haber visto la serie de televisión “Casado con hijos” y aprender sobre todos los diferentes eufemismos americanos para los pechos: tetas, bolsas para la diversión, bazucas, teclas, torpedos, guzongas… Parecía ser universal: Todos estamos obsesionados con los pechos, pensé para mí. Así que consideré que mi obsesión era completamente normal.

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Rosa con Ivan, y Arisleyda (derecha). Cortesía de Arisleyda Dilone.

Después de esperar otro año para ver si comenzaba con la menstruación, no sucedió nada, así que tuve una visita de seguimiento con una ginecóloga. Esta vez la doctora dijo que algo estaba mal con mis ovarios. Recomendó un endocrinólogo en la Universidad Stony Brook.

Cuando era niña, las citas con el doctor, significaban un tiempo a solas con mi madre. En ese momento en particular, ella era la única responsable del cuidado de seis niños, trabajaba 16 horas al día, tenía una hipoteca que pagar y apenas lograba hacerlo. Así que durante estas citas, yo estaba feliz de disfrutar de la atención de mi madre.

Mi madre, una persona muy orgullosa, siempre había sido buena escondiendo ciertas cosas de todo el mundo. Sentadas en el asiento trasero, mirando por la ventana, nuestros estados de ánimo no podrían ser más diferentes. Podía sentir como mi madre suprimía su preocupación y miedo más que de costumbre, mientras yo me sentía emocionada. Parecía como si algo grande estuviera sucediendo, más grande que la existencia mundana del día a día en la escuela secundaria.

Aunque nada había sido confirmado ese día, el simplemente pensar en más visitas al doctor, más atención, más descubrimientos, era la confirmación suficiente de que yo era diferente. Era diferente de mis tres hermanas. Era diferente de todas las mujeres en mi familia. Era especial.

En el año 2000, comencé a ver a un endocrinólogo en Long Island. Después de un par de visitas, un análisis cromosómico reveló que había nacido con cromosomas masculinos: el diagnóstico exacto fue 46,XY con disgenesia gonadal. Después de muchas más visitas, se hizo claro que los doctores no sabían lo que sucedía dentro de mí. Prueba tras prueba, el funcionamiento interno de mi cuerpo los eludía. Cuando el endocrinólogo me preguntó si quería que me pusieran en un tratamiento de hormonas femeninas, que estimularía la menstruación así como el crecimiento de los pechos, dije que sí – vamos a seguir con esto. Estaba ansiosa por finalmente convertirme en una “mujer” y terminar con todo esto.

***

Durante el primer año de secundaria, después de comenzar a tomar hormonas, constantemente iba al baño a ver si estaba sangrando. Pero más que nada, quería mis pechos. Sentía dolor alrededor de mis pezones, pero mis pechos no crecían.

Después de un año con estrógenos y progesterona, mi cuerpo no respondía como se esperaba. Aparte de algunos cambios menores, como la producción de más fluidos vaginales, mi cuerpo era el mismo. Sin menstruación, sin pechos.

Aunque mi cuerpo no había cambiado drásticamente, mi estado emocional si lo había hecho. Por primera vez, experimenté una tristeza profunda y confusa. Pero claramente, había varios factores que contribuían a esto, no solo la terapia de reemplazo hormonal: Era el último año de la escuela secundaria; había recibido casi solo cartas de rechazo de las universidades; mi carrera en el basketball, a la que había dedicado toda mi juventud, estaba terminada; y estaba preocupada de no tener como pagar por la universidad. Al atravesar todo esto, me sentía muy sola. Mi cuerpo me retrasaba – era un asunto médico fuera de mi control. Mi cuerpo pertenecía a los expertos, y con la medicina adecuada, todo se resolvería después. Denme una pastilla y sigamos adelante. Mi preocupación era conseguir una educación superior.

Una vez que fui admitida en la universidad, hice todo lo que fue necesario para quedarme ahí. Pedí préstamos estudiantiles y trabajé en la escuela. Entonces, durante el segundo semestre del primer año, conocí a Tommy.

Tommy y yo estuvimos juntos durante los cuatro años de la universidad; nuestra relación rápidamente se hizo seria. De hecho, se hizo tan seria, que durante mi segundo año él me ayudó a pedir un préstamo estudiantil. Su límite de crédito era mejor que el mío.

Le dije a Tommy que no podía tener hijos y que nunca había menstruado. Después de todo, estábamos en la universidad, y no estábamos planeando casarnos pronto. En ese entonces, siempre había hablado abiertamente acerca de mi cuerpo con la mayoría de las personas, porque eso no me quitaba mi capacidad de ser deseada por los demás.

Tommy estaba estudiando psicología, así que pasábamos largas horas en su dormitorio, hablando de mi cuerpo y mi configuración cromosómica, y del hecho de que nunca había tenido un periodo menstrual. En una de nuestras muchas conversaciones, Tommy fue la primera persona que me dijo en voz alta: “Eres hermafrodita”. Mi respuesta inmediata fue un vacilante y combativo “no… pero ¿quizá?”

También teníamos largas pláticas acerca de donde residía mi feminidad. Él pensaba que mi cara era muy femenina, la manera en la que me movía, mis gestos, mis manos, mis muslos… ninguna de nuestras conversaciones parecía ser en torno al tamaño de mis pechos. Esto era reconfortante. Sin embargo, por muchos meses durante nuestra relación, oculté el hecho de que no los había desarrollado.

En la universidad, exploré mi identidad femenina lejos de los estrictos constructos de mi familia y sus imposiciones. Iría a los extremos: vestirme en colores y estilos hiperfemeninos. Pelo lacio con ropa color rosa. En algún momento tuve un par de botines rosados. Sin embargo, desnuda y sola, todavía anhelaba los pechos que me faltaban.

Tanto Tommy como yo éramos vírgenes, así que el sexo no era fácil para ninguno de nosotros, y fue algo que no sucedió por un tiempo. Varios meses después, dentro de nuestra relación, aún no era capaz de quitarme mi camiseta, ni de dejarlo tocar mi pecho. Incluso aunque él sabía que mi cuerpo era intersexual, tenía la impresión de que había desarrollado pechos. Aún no le había dicho lo contrario. Una noche, me preguntó el porqué de mi resistencia y me negué a decirle. Nos quedamos despiertos hasta las 5 de la mañana, discutiendo acerca de la confianza, poder, mecanismos de defensa y sobre mi cuerpo. Comenzó un juego de adivinanzas: ¿Estuviste en un incendio y tienes horribles cicatrices? ¿Será que uno es más pequeño que el otro? ¿Tuviste cáncer de mama?

Finalmente, me quebranté y escribí en un pezado de papel: “Nunca me crecieron los pechos”. Doblé el papel y se lo entregué, luego le di la espalda y comencé a llorar. Unos segundos después, todo esto me parecía tan tonto. El siguiente fin de semana me quité la camiseta por primera vez. Y el sexo parecía mucho más fácil. Después de un par de meses, él me dijo que mi cuerpo estaba afectando su propia claridad acerca de su sexualidad.

Me animó a ponerme implantes de pechos.

***

En el primer año de universidad, el endocrinólogo también sugirió que me pusiera implantes, debido a que no creía que las hormonas me pudieran ayudar a que me crecieran pechos. Me sentía en conflicto. Lo que realmente quería eran unos pechos naturales, producidos por mi propio cuerpo. Después de todo, ¿No serían los implantes tan falsos como los rellenos de sostén que había usado durante los últimos cuatro años? Quería ser libre. No tener que usar nada. (Algunas veces, cuando era niña, caminaba sin camiseta. Pensaba que si no tenía pechos, ¿Cuál era el problema? Bueno, eso no le parecía adecuado a muchas personas en mi familia).

¿Me sentiría cómoda con los implantes cuando estuviera sin sostén? ¿Podría ser esta otra forma de no sentirme como yo misma?

Después de algunas discusiones, decidí continuar con el procedimiento. El seguro de mi madre cubrió todos los costos. Elegí una cirujana plástica de mi ciudad natal. Tenía excelentes críticas, y su oficina siempre estaba llena de mujeres de clase media alta, quienes iban por todo tipo de tratamientos. La cirujana me recomendó usar silicona. “Se verán más naturales, y serán más agradables al tacto”, me dijo. “Tendrán una hermosa forma de gota”.

No quería que fueran demasiado grandes, simplemente que se ajustaran a mi cuerpo, algo como una copa B mediana, aunque consideré la copa C, debido a que parecía ser un tamaño codiciado entre mis hermanas y tías. “¿Estás segura de que no los quieres un poco más grandes?”, me dirían tratando de persuadirme de elegirlos un poco más grandes.

La cirugía tuvo lugar en mayo de 2004. Cuando desperté de la operación, mi pecho estaba hinchado y dolorido, pero mi emoción eclipsó cualquier dolor. Me alegré muchísimo de finalmente tener lo que había deseado durante tanto tiempo, incluso si no eran naturales. Cumplí 21 años ese verano, el cual pasé con Tommy visitando a mi familia en República Dominicana. Estaba entusiasmada. Me gustaba mostrar mi nuevo cuerpo, entrar en un nuevo nivel de exhibicionismo social.

Pero al mismo tiempo, aunque amaba mis nuevos pechos, rápidamente me di cuenta de que no me interesaba la atención que estaba recibiendo. Esas vacaciones no fueron tan agradables como pensé que iban a ser. Claramente, como una marimacho, mi relación con la cultura de género dominicana, había estado llena de conflictos. Antes de mi cirugía, los hombres y yo teníamos un pacto de dejarnos ser unos a otros. Pero ese verano, sentí que estaba siguiendo la corriente a las expectativas de género. Me vestí mostrando mis pechos, disfruté el escote: Hola, hola, este es mi escote, encantada de conocerte.

Obviamente, mi novio y yo peleamos durante todo el viaje. Todo lo que me importaba, era el hecho de que mi cuerpo finalmente se veía de la manera que mi familia lo había imaginado para mí – extrañamente, también era de la manera que yo lo había imaginado. Pero después de que bajó la hinchazón, también lo hizo mi ego.

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En República Dominicana después de la cirugía. Cortesía de Arisleyda Dilone.

Ya han pasado 13 años, y ocasionalmente mis implantes me causan dolor. Uno es más pequeño que el otro, y antes no era así. Tengo miedo de que la silicona esté goteando en mi cuerpo. Ahora estoy considerando si debería quitarlos o no.

Soy la primera en mi familia en someterse a un aumento de pechos, y parece que establecí una tendencia. Desde la mía, muchas mujeres en mi familia se han sometido a este tipo de cirugía. Nadie más en mi familia es intersexual. Pude haberles dado, a las mujeres de mi familia, el permiso tácito de convertirse en versiones idealizadas de la alta feminidad de las mujeres. Esta decisión es acerca de lo que me hace sentir más cómoda respecto a mi cuerpo, pero si me quito mis implantes, me pregunto si a la próxima generación de niñas en mi familia, le estaré dando un ejemplo de que los pechos no definen nuestra feminidad.

Me siento en conflicto, acerca de si me los quito completamente. He llegado a amar mis implantes. Ahora son una parte de mí. Miro hacia abajo, veo mis pechos y me gustan – pero aún así, son un objeto extraño de silicona. Cuando era más joven, solía tener sueños vívidos en los que tenía grandes pechos, luego despertaba y recordaba que no tenía nada. Me pregunto si ahora pasaré por esto a la inversa. ¿Será que experimentaré tener pechos fantasmas? He estado atrapada en esta discusión por años –  y aún me siento indecisa.

En 2015, terminé un pequeño documental: “Mami y Yo y Mi Gallito”, que gira en torno a la primera conversación que tuve con mi mamá acerca de mi cuerpo. Me tomó cinco años hacer que mi madre se sentara y me diera una entrevista. A través de la película, se hace muy claro que a ella no le preocupa la cámara, sin embargo, es un personaje muy femenino. Cuando abordo el tema de mis implantes, su reacción personifica su relación con mi cuerpo. Para ella, estos implantes me complementan, me ayudan a encajar y en mi camino al éxito económico.

Mi madre sigue siendo una fuerza en mi vida. Cada vez que la confronto, de muchas maneras vuelve a surgir mi lucha interna: ¿Para quién son estos implantes? ¿Estoy dispuesta a mantener en mi cuerpo algo que me puede causar daño?

También grabé conversaciones con mis hermanas, mis tías, y otros miembros de mi familia. A través de la documentación de estos diálogos, he llegado a disfrutar los diferentes niveles de hiperfeminidad que las mujeres en mi familia exudan con sus tacones altos, grandes pechos, y curvas. Y he llegado a abrazar su decisión de someterse a cirugía plástica – la autonomía corporal, también incluye el derecho a cambiar sus cuerpos en cualquier forma que quieran hacerlo.

Sin embargo, me gusta pensar que empujo los límites de la comunicación dentro de mi familia, en lo que respecta a nuestros cuerpos y las expectativas de otros. Todas estas conversaciones han ayudado. Aún me siento indecisa sobre mis implantes de pechos, pero a través de la realización de mi película, tengo un mejor entendimiento de la motivación de mi familia en relación a mi identidad.

Mi relación con mi madre, también ha cambiado desde que hice este cortometraje. Después del estreno, al que ella y todos en mi familia asistieron, ella se me acercó y me abrazó. “La próxima vez que vengas con tu cámara, no pienses que voy a ser la misma persona que fui en esa película – ya no”, dijo. “A partir de ahora, voy a ser mucho más abierta. Podemos hablar de lo que quieras”.

Historia de “Ale”, persona intersexual (HSC) de Chile [CIDH]

Historia de “Ale”, persona intersexual de Chile [CIDH]

*Intervención completa de “Ale”, persona intersexual de Chile, en la audiencia pública sobre la “Situación de Derechos humanos de las personas Intersex en las Américas” ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, 161 periodo de sesiones, 20 de marzo de 2017. [Ver video completo de la audiencia]

CIDH 161 2017

Buenos días Señoras y Señores de la Comisión,

En primer lugar, quisiera agradecer por convocar esta audiencia y por darme la oportunidad de participar en ella.

Mi nombre es Ale y soy un hombre intersex chileno. Esta es la primera vez que una persona intersex  de Chile  entrega su testimonio personalmente ante un organismo tan importante como éste.

En la actualidad tengo 39  años, sin embargo descubrí quien era a los 35. Toda mi vida viví forzado en una identidad que no me correspondía, pues los médicos le ordenaron a mi madre que  me ocultara la verdad para no poner en riesgo los tratamientos a los que fui sometido durante toda mi vida, por lo que nunca tuve acceso a mi ficha médica.

Cuando nací, los médicos determinaron que mis genitales debían ser modificados porque no encajaban con lo que la medicina define como normal para un hombre o mujer. A los 2 meses de vida los médicos decidieron  remover mi falo por considerarlo muy pequeño, lo que dió inicio a un largo proceso de feminización forzada, que puedo resumir con 2 palabras: violación  y tortura.

A los 9 años me realizaron una segunda cirugía, que consistió en crear una neovagina cuyo único propósito era crear un conducto que pudiera ser penetrado. Y para asegurar que dicho conducto no se cerrara se recurrió a la constante introducción de dilatadores. Cuando no estaba en el hospital, era mi madre quién tenía la obligación de llevar a cabo esta denominada terapia, con las consecuencias sobre la relación madre-hijo que ustedes pueden imaginar.

No tengo palabras describir la humillación que tenía que vivir día tras día, me sentía vejado, violado, triste y lleno de dolor. Mi madre era la principal testigo de estos sentimientos.

A los 11 años tuvo lugar la última y más dolorosa intervención, que consistió en reconstruir  un conducto para orinar, no porque yo no tuviera uno, sino porque los médicos querían estar seguros de que la niña que estaban creando orinara sentada. Esta intervención terminó de destrozar mi vida, es imposible describir los dolores que sufrí y lo más terrible es que ninguna de las intervenciones anteriores era necesaria para proteger mi salud o mi vida; solo se trataba de cirugías cosméticas para hacer que mi cuerpo y futuros comportamientos encajaran con los estándares médicos que definen la normalidad. Numerosos esfuerzos para borrar toda huella de mi diversidad corporal.

Esta seguidilla de tratamientos me hizo esclavo de largas temporadas hospitalizado debido a constantes descompensaciones, infecciones y hemorragias. Esto, a su vez, me privó del derecho a la educación y a desarrollarme como persona.

Sin lugar a dudas esta situación no me afecto solo a mí, sino también a mi familia y especialmente a mi madre, quien hasta el día de hoy no logra sobreponerse a sentimientos de culpabilidad y depresión por no haber tenido las herramientas para protegerme.

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Las personas intersex en Chile viven en una invisibilidad absoluta y no existe ningún instrumento legal que les reconozca y que proteja su diversidad corporal o características sexuales. El Ministerio de Salud no posee cifras oficiales y/o públicas respecto del número de nacimientos intersex en Chile, ni tampoco un protocolo nacional vigente que garantice la protección de la integridad corporal de niños y niñas intersex, siendo especialmente preocupante la situación de los recién nacidos pues aún persiste la idea de urgencia en torno a estos casos, la que no siempre dice relación con motivos de salud sino más bien con razones psicosociales como el temor de los padres o la discriminación social. No se cuenta con un registro histórico que permita saber cuántas personas han sido víctimas de intervenciones médicamente innecesarias y sin un consentimiento efectivamente informado, ni cuál ha sido su evolución en el tiempo. Si bien, la Circular 18 es un buen punto de partida con el propósito de visibilizar esta realidad y resguardar a estas personas, no existe un plan de capacitación en derechos humanos en los servicios de salud del país que permita a los profesionales de esta área comprender los alcances de este instrumento y su gran importancia.

A fines de 2015 el Ministerio de Salud constituyó una mesa con el propósito de crear un protocolo que asegurase el respeto a los derechos humanos de las personas intersex, especialmente niños, niñas y adolescentes. Dicha mesa está compuesta casi exclusivamente por médicos, uno de los cuales es el Doctor Francisco Ossandón, quién me torturó y mutiló cuando era pequeño y que sigue trabajando con total impunidad. Sólo hay un miembro que viene de los derechos humanos, el Señor Camilo Godoy –consultor en DDHH e intesexualidad-, quién voluntariamente desde 2014 ha puesto a disposición de dicho Ministerio numerosos informes para facilitar su trabajo y –a petición de la propia Ministra de Salud- ha hecho reiteradas capacitaciones a funcionarios de ese Ministerio, sin embargo, su voz no ha sido tomada en cuenta. En este tema, el Ministerio de Salud de Chile está totalmente controlado por la comunidad médica y no por el Gobierno de Chile.

Es por estos motivos que quisiéramos solicitar a la CIDH, que inste al Estado de Chile a adoptar medidas urgentes para asegurar el cumplimiento de la Circular 18.

Es imperioso que la recientemente creada Subsecretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos tome las riendas de este tema, incluya a las personas intersex en el Plan Nacional de Derechos Humanos que está en elaboración y que paralelamente se incluya la situación de las personas intersex en sus planes de capacitación, con especial énfasis en los sectores de salud, justicia y educación.

Todas nuestras esperanzas están depositadas en la Subsecretaría de Derechos Humanos pues parece ser el único organismo de Gobierno donde pudiera haber la voluntad política para promover y proteger los derechos humanos de las personas intersex en Chile.

Señoras y señores de la Comisión,

La CIDH tiene a su disposición un completo artículo sobre la situación de las personas intersex en Chile, publicado en el Informe Anual de Derechos Humanos del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales, a fines de 2016.

En las próximas semanas pondremos también a disposición de la Comisión, una actualización de dicho artículo, con la exposición de más historias de personas intersex, y una completa investigación sobre la temática intersex en Chile y el mundo.

Muchas gracias.

Libro: Memorias de Herculine Adélaîde Barbin (persona intersexual)

Libro recomendado por el blog YO INTERSEXUAL

Libro que recopila la experiencia de vida narrada de mano de Herculine/Alexina Barbin, una persona intersexual en la Francia del Siglo XIX.

En este enlace puedes descargar el libro en PDF.

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Video: Nacidx Julia y Julio. Historia de una persona intersexual en Uganda

Video: Nacidx Julia y Julio. Historia de una persona intersexual en Uganda

Traducción: Laura Inter, del video “Born Julia and Julius”

Fuente: https://www.facebook.com/plugins/video.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2FOpenSocietyFoundations%2Fvideos%2F10155053943489921%2F&show_text=0&width=560

Da click en la imagen para ver el video:

julia-julius

Traducción al español del video:

Intersexual es un término utilizado para alguien que nace fuera de las típicas definiciones para la anatomía femenina o masculina.

Mientras algunos rasgos intersexuales pueden ser visibles al nacer, otros pueden volverse visibles después en la vida. Es una cuestión relacionada a la biología, no es una orientación sexual, ni una identidad de género.

Nacidx Julia y Julio

Cuando nací, no estaba claro si era una niña o un niño. Crecer como una persona intersexual en Uganda, hizo que mi infancia fuera muy complicada. En nuestra cultura, ser intersexual puede ser considerado una maldición, y algo de lo que se tienen que deshacer, algunas familias aíslan al niñx manteniéndolo en la casa. Los médicos herbolarios hicieron todo lo que pudieron para “curarme”.

Fui criado como [una niña] Julia, pero nunca sentí que perteneciera, sin embargo, fui afortunado de que mi familia me aceptara. Mi madre me protegía ocultando mi identidad, así que cambiaba mucho de escuelas.

Cuando tenía 11 años, tenía que estudiar mucho, para poder tener un lugar en el colegio anglicano para niñas. Mi madre pensaba que sería el lugar más seguro para mí, pero fue una verdadera pesadilla. Estaba rodeada solo por niñas, y todo lo que ellas eran, yo no lo era. Tenía que ocultar mi verdadera identidad. Y para empeorar las cosas, me comenzaron a atraer las otras chicas. Comencé a darme cuenta de lo diferente que era.

Cuando cumplí 16 años, era obvio que me estaba convirtiendo en un hombre. Mi voz y mi vello corporal estaban cambiando. Tuve que dejar la escuela. Me encontraba en una encrucijada.

Comencé a obtener algunas respuestas, sobre lo que me sucedía, de un doctor. Pero con todos los cambios físicos, no podría volver a ser una chica.

Me fui a estudiar al extranjero. Cuando regresé ya no era Julia. Al principio fingía ser mi “hermano”, pero las personas me reconocieron como la persona a la que solían llamar Julia. Desde entonces he vivido como Julio.

Un día, mi historia se filtró a un periódico en Uganda. Todo mundo quería un pedazo de mí, querían diseccionarme. Tenía tanto miedo que escapé a Sudáfrica.

Años después, escuché acerca de un chico intersexual en las noticias de Uganda, y decidí regresar a casa para ayudarlo. Estaba preocupado, aprendes que al crecer como persona intersexual en Uganda, tu cuerpo ya no es de tu propiedad. Es sufrir abuso, ser examinado, y ser sometido a pruebas contra tu voluntad. Por él y por otros como él, enfrenté mis miedos frente a una audiencia en vivo en la televisión nacional, y conté mi historia. Cuando terminé de contarla, toda la sala se puso de pie y aplaudió.

Ahora, trabajo para educar y dar asesoría a las personas acerca de las cuestiones intersexuales, y lo hago a través de los 50 distritos de Uganda. Trabajamos con las parteras de las comunidades, para luchar contra el estigma alrededor de los bebés intersexuales. Aún enfrento acoso y hostigamiento, y muchos momentos espantosos, pero necesitamos continuar con nuestro trabajo, para que no sean asesinados, mutilados o marginados más niñxs.

Quiero que sepan que las personas intersexuales no necesitan ser “corregidas”, y al igual que yo, pueden tener vidas plenas y felices.

A pesar del peligro que enfrenta diariamente, Julio continúa teniendo un rol público en la lucha por los derechos de las personas LGBTI y de las comunidades marginalizadas. Él ahora esta felizmente casado y tiene cuatro hermosos hijxs.

Historia rota. Por Hana Aoi (persona intersexual)

Historia rota.

Por Hana Aoi (E-mail: aoihana.1981@gmail.com. Website: Vivir y Ser Intersexual)

Versión editada y actualizada del texto publicado también en Brújula Intersexual bajo el mismo nombre.

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Es un abismo sideral, un vacío inmenso de una oscuridad y un silencio insoportables. No se ve nada. No se oye nada. Pero ahí se encuentran los fragmentos de una historia pendiente de articular.

Denegar el pasado representa una grave afrenta, ya sea porque es unx quien vive en la negación, o porque son los seres queridos que cuidaron de unx cuando se era una criatura quienes viven en negación. Muchos me han dicho: “Lo pasado, pasado está. Ya no mires atrás. Enfócate solo en el presente”. Aún así, al ser intersex, ignorar la historia del nacimiento de unx acarrea una serie de eventos y consecuencias en la propia vida que desembocan en problemáticas de las que, como si nada, se pierde de vista el origen porque nadie lo puede recordar. Unx se encuentra incapaz de reconstruir la narrativa. Y de verdad, no hay con quien hablarlo, pues quienes se supone que eran los expertos muchas veces ya no están ahí. ¿A dónde se han ido los cirujanos que te abrieron, te extrajeron las gónadas y moldearon tu cuerpo para satisfacción de la sociedad? Muertos. Jubilados. Anónimos. ¿Tu expediente? Destruido años atrás, porque nadie lo reclamó. ¿Tus padres? Prefieren no volver atrás, es muy doloroso. Y claro que lo es: en ese entonces hubo mucho miedo, mucha confusión, así que se dejaron llevar por la sugerencia de los “expertos”, y guardaron el secreto. Se lo guardaron deseando que el tiempo, el silencio y una crianza de sobreprotección perduraran lo suficiente como para que no necesitaras mirar atrás. Hasta que fueras mayor y autosuficiente.

Pero un día todas las piezas encajan, y te das cuenta de que te han mentido todo el tiempo. Y cómo duele, sin importar las buenas intenciones.

Es una historia rota de la que nadie hubiera querido hablar. Yo tenía treinta años cuando al fin supe. No es que no tuviera pistas: conforme crecía, y por mera necesidad, mi madre tuvo que soltar a cuentagotas respuestas a mis preguntas más bien tangenciales. Inconscientemente también yo tenía miedo, creía que había algo torcido acerca de mí, los recuerdos en casa y en el hospital me habían dejado esa impresión. En mi trigésimo aniversario en esta Tierra, todos los recuerdos, las cicatrices, la psicoterapia, los cabos sueltos de información de mi madre y la avalancha de datos recogidos a través de años de sospechas y deducciones, dieron forma a una narrativa más o menos articulada. A falta de un expediente clínico, finalmente la memoria de mis padres se apareció para ayudarme a darle forma esa historia.

Érase una vez, nací, la más pequeña de tres hermanas. Mis hermanas mayores estaban emocionadas por mi llegada. Todo marchaba como se esperaría de una casa con un bebé. Pero un día, a una semana de mi nacimiento, mi madre llegó a la conclusión de que no debía pasar por alto algo que había llamado su atención: que mi cuerpo era diferente. Ella no sabía si era algo para preocuparse, pero hasta donde entendía, algo no lucía bien ahí. ¿Se suponía que una bebé debiera tener un clítoris tan grande? Un equipo multidisciplinario de médicos se reunió para tal ocasión —¡y qué ocasión era para todos ellos!—. Me diagnosticaron “hermafroditismo verdadero”, cariotipo 47 XXY. Le informaron a mis padres que había que extirpar mis ovotestes debido a un potencial cáncer. También que, debido a mi “ambigüedad genital”, había que abordar la viabilidad como niño o como niña, enfatizando que era mejor darle forma femenina a mi cuerpo. Después de todo, ya eran padres de dos niñas, así que encajaría a la perfección. Así fue que se decidió; mis padres esperaron que todo saliera lo mejor posible, y desde los seis meses de edad hasta los once años atravesé por tres diferentes cirugías. Uno de mis primero recuerdos proviene de la segunda: recostada en una cama de un cuarto común de un renombrado hospital público en la Ciudad de México. El ala de urología pediátrica se encontraba en algún piso intermedio del edificio, pues recuerdo la luz ambarina de la lámpara en la calle colarse a través de la ancha ventana, en oposición a la tenue luz blanca de las lámparas de halógeno del corredor justo afuera. Tenía cuatro años, y traía puesto un yeso de algún tipo, con la forma de un pañal, cubriéndome la cintura y la pelvis. Aún puedo revivir su rigidez y el miedo que tenía de mover mi cuerpo en lo más mínimo… Más lúcido es el recuerdo de la tercera cirugía. Acababa de cumplir once años apenas dos semanas atrás. Aunque ya no era una criatura indefensa, esa vez ingresé con mansedumbre al hospital y fui sometida a una vaginoplastía de la que solo tenía una leve idea de lo que podría hacer por me. Mi mamá me había dicho que era necesario “arreglar” mis genitales de modo que no tuviera problemas cuando fuera mayor. No entendía qué clase de problemas eran esos. Supongo que creyó innecesario explicar qué era la vagina (que yo confundía y confundí por mucho tiempo con la uretra), y cual era el uso que todo mundo esperaba de ella. Recuerdo que en los meses previos, el doctor que me atendía inspeccionaba mis genitales, y la semana previa, me parece, extrajeron muestras de sangre para los análisis previos a la cirugía. Todos esos momentos hoy son como instantáneas, pero acompañadas por el recuerdo del dolor en la piel en mis partes bajas, los dedos cubiertos de látex presionando mi uretra y mi vulva incipiente. Se trataba de mi cuerpo, y me sentía incómoda, avergonzada. Pero lo soportaba porque si mi mamá me había llevado ahí, entonces todo era en mi beneficio, y si había estado yendo a esas revisiones y toma de muestras, era porque algo estaba mal conmigo. En resumidas cuentas ese era el problema: mi cuerpo. Así que cuando la cirugía concluyó y fui enviada a mi cama, uno de los doctores, torpemente, le dijo a mi papá: —Su hija está lista para la vida—. Al día de hoy me pregunto qué demonios tendría en mente ese sujeto. Ciertamente no la vida que acabé teniendo años más tarde… Muchas batas blancas se aparecieron para verme, eran los internos junto con el médico a cargo, levantando mi sábana del extremo inferior para mostrar y explicar a los jóvenes médicos lo que estaban mirando. Estaba paralizada, pero de nuevo pensé que estaría bien, si es que mi mamá lo estaba permitiendo. El médico estaba enseñando algo que ahora estaba bien. ¿O no? Pues aún tenía que ir a la clínica a seguimientos, en esos gabinetes tercermundistas color caqui, atestados (y me refiero a una de las mejores instalaciones de salud pública de México), teniendo que exhibir mi cuerpo ante la mirada del nuevo médico a cargo de mi caso. A la edad de trece años comenzó a preguntarme si ya tenía novio. Siempre he sido tímida (consecuencia de mi crianza, supongo), y francamente los chicos no entraban en mi radar. La pregunta me molestó. Una parte de mí quiso responderle: —¡No! Y en todo caso, ¡qué te importa! —. Pero con mi madre presente, me limité a decir: —No —. Ahora se que no era solo una plática de cortesía, sino que apuntaba a algo con esa clase de preguntas.

A esa misma edad comencé la terapia de remplazo hormonal. Tenía que tomar una pastilla elíptica de color borgoña diariamente: estrógenos conjugados de origen equino. No comprendía bien por qué necesitaba hormonas “extra” (aún no tenía consciencia de que mis gónadas ya no existían). Y pregunté: ¿para qué era esa gragea? Mi mamá, la única fuente posible de respuestas en casa, me dijo que era para el desarrollo de mi cuerpo. Me daba pena seguir preguntando. En lo tocante a hablar de mi cuerpo, tenía el doble de pena, porque para empezar no estaba cómoda con el concepto de la adolescencia. Me parecía bien ser más alta. Me encantaban los deportes de siempre, y adoraba el basquetbol. Pero mi mamá habría preferido que me comportara de forma más femenina. Supongo que siempre he tenido un aspecto femenino, o como menos andrógino, así que encajaría de maravilla si tan solo usaba un poco de maquillaje y vestía faldas y vestidos y calzaba zapatillas. Ese tipo de cosas las hice, pero de niña, y solo a veces. Como adolescente, no me interesaba, a menos que me presionara para hacerlo. Solo ahora entiendo por que sentía la necesidad de comportarse así. Por otro lado, también sentía pena debido a la noción acendrada de que todavía había algo mal con mi cuerpo, incluso si no lograba expresarlo verbalmente, y que era fuente de vergüenza y preocupación, así que había que mantenerlo en secreto. En este sentido, inconscientemente, calladamente, yo era el secreto de la familia.

El hecho de nunca haber tenido ningún novio o novia me ayudó a evitar cualquier confrontación respecto a mi misma. Pero en la universidad, comencé a preguntarme por qué aún no menstruaba. Sabía que algunas chicas comenzaban incluso hasta los veintiuno. Era como si un reloj marcara las horas al pasar, y no lograba resolver por qué mi periodo no llegaba. Una parte de mi se sentía aliviada, porque no era que quisiera experimentar la incomodidad que otras mujeres padecían, pero era de nuevo la idea de que algo estuviera mal con mi cuerpo lo que comenzó a surcar mis pensamientos.

También estaba la parte del deseo sexual insatisfecho; cuando quería darme placer, este era breve e insatisfactorio. Cuando quise encontrar lo que se suponía que era “el órgano femenino del placer sexual” con mis dedos, sólo hallé incomodidad y descontento, pues sin importar cuánto tocara, apenas podía sentir algo placentero más allá de la mera presión de la yema de mis dedos. Lo curioso es que sentía cómo mi cuerpo se excitaba, pero cuando trataba de mantener esa sensación, esta simplemente cesaba. Posteriormente descubrí otras formas de satisfacer a mi cuerpo, pero desde tiempo atrás me he resignado al hecho de que mis genitales no pueden proveerme de sensaciones placenteras. Años después, cuando mi madre al fin me contó cómo era mi cuerpo al nacer, até cabos y supe con certeza que la sensibilidad de mis genitales había sido afectada durante las cirugías que había atravesado. Por supuesto, no era algo que mis padres hubieran podido saber en aquellos momentos.

Hay una consecuencia de crecer con la idea de que tu cuerpo tiene algo malo, y la necesidad sin nombrar y sin satisfacer de reafirmarse que todo está bien, que creo que es tan dañosa como las cirugías: una baja autoestima. Crecí buscando siempre la aprobación y aceptación de mis padres (y de cualquier figura de autoridad) en todo. Por largos periodos de mi vida, mi autoestima fue aceptable porque me esforzaba con denuedo por compensar por las cosas en que sabía o sentía que no era suficientemente buena. Me convertí en una estudiante de excelencia, no solo porque amara el aprendizaje, sino porque también creía que era la única cosa que evitaría que mis padres se sintieran decepcionados de mi. Pensaba que no valía más que eso. Así que el día que anuncié que deseaba licenciarme en Historia, día que debió haber sido de alegría, resultó ser deprimente. Sabía de antemano que no encontraría un anuncio de empleo de “se requiere historiador” en los periódicos. Lo que me pudo fue la sensación de rechazo que tuve ese día cuando cada miembro de mi familia me dio su opinión sobre el asunto. Quería desesperadamente complacerlos, por lo que cambié de idea y elegí la opción “fácil”, y terminé estudiando Ingeniería en Computación, solo porque al terminar encontraría con facilidad un empleo bien remunerado y sería autosuficiente. Claro, las computadoras y la programación se me facilitaban, pero no era que me encantaran.

Cosa curiosa: aún si tratas de ocultar tu propio ser, este florece eventualmente. Incluso si has jugado el rol de consentida del profesor y el de niña obediente también, porque es el único modo en que pudiste comportarte para sobrevivir, la verdadera vocación se aparece. Comencé a escribir. Siempre había adorado las lecturas de mitos, leyendas, cuentos, novelas. Ya desde la secundaria había intentado escribir mis propias historias. Pero fue cuando llegué a la universidad que admití cuánto lo necesitaba. Sin embargo, cuando por error mencioné a mis padres que me gustaría dedicarme a eso de por vida, mi padre me dio un sermón al respecto. Recuerdo cómo lloré ese día, y desde ese momento casi dejé de escribir. Silencié mi voz interna. Fue entonces que mi cuerpo comenzó a quejarse. Mi salud, que hasta entonces había sido buena, comenzó a declinar. Contraje hepatitis A. Me esguincé el tobillo derecho tres veces en cinco años, incluso cuando ya no me dedicaba a ejercitarme o a practicar deportes. También eso: abandoné los deportes, que era algo que amaba, porque sentía que a mi madre le desagradaba (si bien toleraba) el hecho de que jugara futbol (algo que hice con ganas cuando era adolescente y luego en la universidad), probablemente debido a que en la cultura mexicana no es visto como una actividad femenina. Mis niveles de colesterol y triglicéridos alcanzaron valores arriba del máximo recomendado para mi edad, no porque tuviera sobrepeso, sino por el continuo estado de estrés en el trabajo. Supongo que sabía que odiaba mi carrera como desarrolladora de software casi desde el primer momento. Todo el día me la pasaba enojada, quejándome de casi todo. Me enamoré de una mujer que me quería pero solo como amiga, y en ese sentido me volví amargada. Fui con tres distintos psicoterapeutas, y aunque al principio las cosas se suavizaban, y me sentía optimista sobre mi futuro y hacía planes, no solía durar.

Y entonces cumplí treinta, como ya mencioné, y mi vida comenzó a desmoronarse, un año a la vez, hasta que a los treinta y tres las cosas se salieron de control. No hubo psicoterapeuta que pudiera ayudarme a superar los hallazgos de mi propia historia, y la tomé contra mis padres. Comencé a infligirme daño físico y caí en una profunda depresión. Si bien no amaba mi carrera, hasta ese entonces había sido una empleada confiable en cada empleo que tuve; pero cuando las mismas asignaciones de trabajo se volvieron imposibles de cumplir, y la presión insoportable, es decir, cuando comencé no solo a odiar ese empleo en específico sino toda mi elección profesional, empecé a faltar al trabajo y a quedarme en cama todo el día, llorando y maldiciendo a todos y a todo. Pensaba que había alcanzado el punto más bajo. Así que renuncié. Entonces, una semana después, un amigo me ofreció un empleo similar; pensé que sería distinto, pues era otra compañía y un mejor ambiente laboral. Pero el día previo a empezar, simplemente reventé. Lloré como jamás había llorado en mi vida. No cesaba de gritar: —¡No puedo hacerlo! Ya no. Ya no. —. Mi madre me ayudó a contactar a mi amigo y a excusarme, que no acudiría a trabajar y que yo lo contactaría posteriormente. Mi amigo comprendió.

Así empezó el año más complicado de mi vida: el año de aprender a perdonar, de aprender a amarme a mí misma, de aprender quién era realmente y qué quería hacer, es decir, lo único que jamás me había sentado a pensar con detenimiento. Aún más, fue el año de aceptar mi cuerpo como era, no como pudo haber sido. De forma interesante, comencé a menstruar debido a un cambio en la terapia de remplazo hormonal, pues los estrógenos conjugados me habían acarreado un mioma en el útero, mismo que me causaba una hemorragia constante. El ginecólogo me prescribió parches anticonceptivos, y las hemorragias pararon. Sin embargo, me advirtió que desde entonces comenzaría a tener mi periodo, pues a diferencia de los estrógenos que tomaba diariamente sin pausar, los parches seguían un ciclo menstrual, descansando una semana de su uso. Esto a la postre reduciría el tamaño del mioma sin necesidad de intervenciones quirúrgicas. Y así sucedió. Al principio esto me enfadó aún más. ¡Ahora que ya me había acostumbrado a no menstruar, pasaba esto! Pero conforme acepté mi cuerpo como era, pensé que este cambio era una señal de un cambio interior. Ahora estoy tranquila al respecto.

Una de las cosas que me dieron que pensar durante el tiempo que aprendí a aceptar todos los aspectos de ser intersex fue el aceptarme como mujer en todos los aspectos. Cuando descubrí que pude haber sido un chico, estuve realmente confundida, porque de niña, aparte de los vestidos y todo eso, siempre había sentido la necesidad de jugar con otros chicos, incluso una vez me lié a golpes con uno. Jugaba futbol en las calles con mis vecinos, todos ellos muchachos. Mis zapatillas deportivas eran una extensión de mi ser, nunca me atrajo la idea de calzar tacones y esa clase de cosas. Me gustaban los chicos, sí (de hecho algunos de mis amigos varones me llegaron a atraer), pero me gustaban también las chicas, ya desde el jardín de infantes. Fue hasta que tuve mi primer novio en la universidad que consideré la idea de ser más “femenina”, pero no era algo que pudiera forzar. La relación se disolvió a medida que me distancié, porque deseábamos tener sexo, pero no estaba segura que mi cuerpo estuviera bien, al comparar la reflexión en el espejo de mi vulva y de mi vagina contra las imágenes que encontraba en línea. Entonces pensé que quizá solo una mujer podría aceptarme. Esta era la época en que aún no tenía consciencia de ser intersex. Fue cuando me enamoré de una amiga que me quiso mucho pero solo como eso, una amiga, una hermana, una confidente, no en el modo romántico en que yo lo deseaba. Considerando todo esto, cuando al fin descubrí las circunstancias de mi nacimiento, todo lo que pude pensar era que la vida, no solo la mía sino la vida en sí misma apestaba. Por un tiempo ponderé la idea de hacer la transición de mi cuerpo, porque durante mucho tiempo había estado jugando un rol de género masculino, sin percatarme que mi identidad de género estaba muy arraigada a lo femenino. Aparte, la idea de más cirugías me enfermaba, lo que me sugería la idea de que eso no era para mi, y me pregunté al fin: ¿realmente crees que eres un hombre? Cuando la respuesta emergió con suavidad, descarté la idea. Posteriormente, conforme encontraba información sobre la intersexualidad, me preguntaba si mi identidad sería más bien no-binaria o gender-fluid. Pero al dejar marinar la concepción de mi propio género, entendí que no era tan ordinario como decir “hey, me gusta el color verde”, sino que debía reflejar un profundo sentido de la identidad propia, de cómo se proyectaba esta. Es curioso cómo me tomó tanto tiempo llegar a ser mujer. No por el cuerpo, sino por la identidad. Toda mi vida, todos habían dado por descontado que yo era mujer; pero no fue sino hasta ese momento que me consideré como tal: una mujer intersex. Y estoy en el camino de aprender a vivirlo y disfrutarlo a plenitud.

Al relatar todo esto, no intento decir que ser intersex haya sido la causa de todas mis malas decisiones. Pero la sociedad sí que jugó su parte. Los miedos de mis padres, la autoridad de los médicos, jugaron una parte decisiva en el moldeo de una psique con una baja autoestima y una necesidad de aceptación. Esta fue la obra de los prejuicios de la sociedad. No es el ser intersex, sino la manera en que la sociedad la mira, el estigma, sus nociones sobre cómo debe ser una niña o un niño, tanto en sus características corporales y su identidad de género. Puedo ver ahora un cierto patrón entre las historias de muchos adultos intersex cuya salud física y mental fue socavada desde sus años tiernos solo porque sus cuerpos significaban una amenaza a las construcciones mentales de la gente a su alrededor. Los niños, todos, son muy sensibles. Perciben los miedos de sus padres con más facilidad de lo que pensamos. Y lxs niñxs intersex perciben miedo, rechazo, culpabilidad, vergüenza. No todxs, por fortuna. Algunos tuvieron la suerte de contar con padres informados y valientes que dijeron “No” y en su lugar optaron saludablemente por descubrir un mundo diferente a través de sus hijxs intersex. Esas son las experiencias que requerimos replicar en este mundo a fin de detener el sufrimiento innecesario. La vida en sí misma es complicada. Nada aporta el complicarla más. Y con toda certeza, las cirugías y las terapias no han demostrado ofrecer ninguna solución real, más allá de un breve alivio a padres desesperados que jamás supieron que había una opción. También esos padres necesitan de nuestro apoyo. Tienen que saber que no están solos, y que no hay por qué precipitarse.

No necesitamos más historias rota. La gente intersex debe tener el derecho desde que nace para llevar una vida propia, explorar lo que el mundo les ofrece, florecer, descubrir quiénes son y lo que quieren ser, y ser quienes tomen las decisiones sobre su cuerpo. Bueno, esto debiera ser cierto para todo tipo de personas. Y como cualquiera, las personas intersex no deberían tener que vivir una historia rota, cortada y editada aquí y allá, solo para ser agradables.

Al día de hoy, sigo escribiéndome mi nueva historia, apropiándome de ella. Perdonando donde hubo amor, y olvidando donde hubo ignorancia y negligencia. No me importan las rencillas. Prefiero justicia. Quizá ya no para mi, pero sí para otros. También quiero poder ofrecer mi ayuda cuando alguien me pida una mano.

Como conclusión, hay algo que quiero pedirle a padres de niñxs intersex en México y en el mundo: ¡busquen ayuda! Infórmense, soliciten consejo, no de un solo médico; aún si es de forma lenta, se está dando un cambio en la manera en que médicos empáticos con la intersexualidad la abordan, ya no como una patología sino como una variante del cuerpo humano. No hay nada intrínsecamente patológico de tener características sexuales distintas de las que corresponden a las nociones típicas de hombre y mujer. Pero aprendan sobre las necesidad de salud específicas de su hijx, porque cada persona es diferente. Hay condiciones médicas que no deben ser pasadas por alto que pueden asociarse a algunas variantes intersex. Apóyense en organizaciones de activismo intersex, como Brújula Intersexual. Están más que dispuestos a ofrecer su experiencia y consejo. Desháganse de miedos y dudas. Pregunten todo lo que necesiten preguntar. No se queden con un diagnóstico de “trastorno de desarrollo sexual”, porque eso solo va en detrimento del bienestar de su hijx. Acepten a su hijx como es. Si es indispensable (muchas veces lo es), asígnenle un género para fines administrativos, pero no cedan a las cirugías. Tienen en sus manos a pequeños y hermosos seres humanos con el potencial de convertirse en adultos felices y realizados.

 

Como ha sido mi vida siendo una mujer intersexual. Por Lavalle Wollam

Como ha sido mi vida siendo una mujer intersexual

Por Lavalle Wollam

Traducción: Laura Inter del texto “What My Life’s Been Like As An Intersex Female” de Lavalle Wollam

Fuente: http://www.rolereboot.org/life/details/2016-04-lifes-like-intersex-female/

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Simplemente me considero una mujer sin útero ni ovarios.

Aunque podría ser fácil mentirme a mí misma y pretender que simplemente soy una mujer cis-género “normal” (una persona que se identifica con el género que le fue asignado al nacer [y contar con un cuerpo típicamente femenino o masculino]), sé que este no es el caso.

Mi configuración cromosómica es 46 XY; tengo genitales típicamente femeninos, y aunque nací con una apariencia igual que la de cualquier niña “normal”, internamente tenía testículos en lugar de ovarios, lo que significa que soy una mujer intersexual.

Ser intersexual es muy diferente a ser transgénero. La intersexualidad hace referencia a una amplia gama de situaciones en las que una persona no encaja en las típicas definiciones de lo masculino o lo femenino. En algunas circunstancias, un bebé puede nacer con genitales ambiguos, y, en tal caso, muchos doctores sienten la necesidad de “normalizar” la apariencia de los genitales, y así, asignar un género al bebé. Esto obviamente es algo problemático, si los genitales quirúrgicamente alterados no coinciden con la propia identidad de género del niñx [además, aunque coincida con su identidad, es una violación al derecho a la integridad corporal que debe tener toda persona, y ningún cuerpo debe de ser alterado sin el consentimiento de la persona].

No siempre supe que era intersexual. A los tres meses de edad, fui operada para corregir una hernia, y fue durante este procedimiento, que el cirujano se dio cuenta que yo tenía testículos. Debido a que la mayoría de los doctores creen que los testículos internos pueden convertirse en cancerosos, los míos fueron extirpados unos pocos meses después, y le fue sugerido a mis padres que me criaran como una niña. Supongo que podrían pensar que soy afortunada, ya que fui criada como mujer, me sentía mujer, y tenía apariencia de mujer.

Desde que tenía 10 años, sabía que tenía cierta “condición”, pero en realidad no percibía que era diferente de cualquiera de mis compañeras. Incluso en la secundaria, aunque estaba consciente de mi diferencia congénita, simplemente me consideraba una mujer sin útero ni ovarios.

Afortunadamente, mi condición específica no afectó negativamente mi infancia, al menos no significativamente, y mi autopercepción al ir creciendo, no fue terriblemente negativa – mis genitales no fueron arruinados [por una cirugía] y nunca me enfermé de gravedad.

Me sentía avergonzada al cambiarme en los vestidores para la clase de gimnasia, ya que todas las otras chicas a mi alrededor, parecían estar mucho mejor dotadas que yo en cuando a senos. Supongo que se podría decir que veía mi cuerpo algo masculino. Además de esto, al inicio de la adolescencia me sentía aislada, ya que sabía que nunca experimentaría un periodo menstrual como mis amigas, y un poco triste de que no podría experimentar ese rito de iniciación con ellas.

Existe la idea errónea de que una persona intersexual es hermafrodita – mitad hombre y mitad mujer – con un pene pequeño y una vagina parcial. Sin embargo, la intersexualidad puede variar entre múltiples condiciones biológicas, y aunque había escuchado la palabra, no tuve idea de que aplicaba a mi situación hasta que era mucho mayor e intenté unirme a los militares.

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“Ser intersexual me ha enseñado que una persona es una persona, no un género.”

Debido a que no pude responder una pregunta en el formulario médico sobre cuando había comenzado mi periodo menstrual, la dejé en blanco. Cuando el médico preguntó acerca de mi respuesta en blanco, por un momento pensé en la posibilidad de mentir, porque sabía que podía haber problemas con lo que iba a revelar. Desde un punto de vista general, no importaba. Existen una serie de políticas discriminatorias que impiden que las personas como yo, podamos servir en las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

Incluso después de esperar casi cuatro meses por las citas para los exámenes de sangre y los análisis de densidad ósea, para asegurarse de que estaba sana, me negaron entrar debido a un “defecto en los genitales”, a pesar del hecho de que tenía una apariencia típicamente femenina. Lo que resulta más frustrante para mí, es saber que si simplemente hubiera mentido, ahora estaría trabajando con una de las flotas navales.

No es común que diga a las personas en mi vida que soy intersexual, a menos que sea un amigo muy cercano, alguien en quien pueda confiar, o un miembro de mi familia. No es que me sienta avergonzada, pero prefiero no ser tratada diferente debido a mi identidad intersexual.

He sido afortunada, las pocas personas a las que les he dicho, me han aceptado y apoyado. Si algo puedo decir, es que pienso que los doctores interactúan conmigo de una manera completamente diferente. Aunque no he tenido ninguna experiencia horrible en las clínicas que he visitado, un par de endocrinólogos han hablado conmigo como si tuviera una condición médica grave. Pero el último ginecólogo que me examinó, dijo que todo ahí abajo parecía estar bastante “normal”. Después de eso, me sentí muy feliz; me hizo sentir más como una verdadera mujer.

Deseo que la gente entienda que solo porque no encajamos en el género binario, no significa que no podamos ser personas productivas y felices. Demasiadas personas intersexuales han sido operadas con el único propósito de ser “normalizadas”, cuando en realidad, las cirugías frecuentemente tienen como resultado consecuencias negativas.

El sexo es esencialmente una construcción social. Ser intersexual me ha enseñado que una persona es una persona, no un género. Todo mundo debería tratar de ver más allá de eso y evaluar a los demás por su carácter, no por lo que pueda o no pueda haber entre sus piernas.

Si quieres saber más acerca de la comunidad intersexual, visita Inter/Act Youth. Puedes ver videos de Lavelle aquí.

Lavelle Wollam es una chica de alrededor de 20 años, que se identifica como una mujer intersexual y que actualmente carece de un objetivo en la vida, pero está feliz de admitirlo. Sigue a Lavelle en Twitter y Google+.